Ya en 1971, Pablo VI mencionaba en su “Octogesima adveniens” tres componentes de la doctrina social, a saber, los principios de reflexión, las normas de juicio y las directrices de acción. Naturalmente él hablaba de la enseñanza de la Iglesia en el campo social, pero creo que, mas allá del ámbito católico, la distinción puede ser útil a muchos en este terreno en el que es necesario cada vez más recalcar en nuestros días los aspectos éticos que implica la vida social. Estos tres elementos los tomó después Juan Pablo II y se proponen también en el compendio que publicó el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” en el 2004.
Ante todo se hallan los principios de reflexión, porque precisamente indican los puntos de partida para pensar sobre los temas y los problemas que enfrentamos como sociedades en el mundo y en los diversos lugares. Se suele proponer aquí como fundamental la dignidad humana a la que se vinculan su libertad y sus derechos, y en seguida el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiaridad, la participación y la solidaridad. A estos principios se vinculan los valores de la verdad, la libertad y la justicia, destacando también el papel social de la virtud de la caridad.
Hablar de normas o criterios nos lleva a los ámbitos donde se presentan los problemas sociales sobre los cuales se han de emitir los juicios que permitan dar una base a la acción. Estos ámbitos son la familia, la educación, el trabajo, la economía, la comunidad política y la comunidad internacional, la salvaguardia del medio ambiente y la promoción de la paz. En todos estos campos se trata de encontrar las luces que realmente puedan iluminar los caminos para el desarrollo.
Es muy difícil proponer todas las acciones particulares para el bien de la sociedad, porque la multiplicidad y variedad de situaciones hacen que en cada tiempo y lugar las respuestas tengan que ser variadas. Aún en nuestro país se puede hallar un amplio mosaico socio-cultural que exige respuestas que no pueden ser iguales en un caso y en otro. Sin embargo, es posible establecer ciertas directrices que en la amplitud de los diferentes campos sean capaces de dar un rumbo a la acción social. Pienso, por ejemplo en la promoción de una conciencia responsable y preocupada por la justicia, en extender las experiencias asociativas, en el servicio a la cultura o en despertar la participación. En medio de tantas dificultades, graves y serias, seguirá habiendo rutas de esperanza si reflexionamos sobre principios sólidos, juzgamos con criterios adecuados y dirigimos la acción hacia el bien que todos buscamos.