Soy zurdo. Siempre me sentí distinto a los demás. Pero no hagamos psicología del terregal. El cuento es así: mi hijo Alonso miraba cómo me marchitaba sin asistir al Sport City y ordenó un pedido a Amazon de un juego modesto de pesas. No sé cómo, pero me lastimé el brazo izquierdo, del codo hacia el antebrazo. Luego vino el trabajo doméstico: durante días me sentí como un marinero castigado limpiando la proa de un buque. Mientras dejaba el piso flamante de limpio con movimientos rítmicos, hubiera podido comer en el suelo, recordaba el poema de Baudelaire sobre el pelícano como imagen del poeta maltratado por los marineros.
Los días pasaron y la lesión se hizo más profunda, o más seria. Una mañana no pude estirar el brazo. Perdí el movimiento, pensé. Solo y sin brazo, voy a rodar, le imprimí dramatismo a mi dolor. De inmediato, me dije en voz alta esta frase definitiva: yo a un consultorio en tiempos de covid no voy ni muerto. Pero más pronto cae un hablador que un manco.
Una semana más tarde, con el brazo inutilizado, exagero, pero solo un poco, pedí informes a amigos cercanos para consultar a un médico del deporte. Me decidí por un consultorio en Hamburgo y Reforma, más o menos cerca de la casa de usted. Al tocar el timbre con guantes quirúrgicos recordé los dichos de Alonso: carajo, con el sida te morías por coger, ahora te mueres por platicar de cerca o tocar un timbre.
Dentro todo estaba en orden. Desinfectado y santificado por la higiene. Cuando me tomaron la temperatura estuve convencido de que ya tenía el covid. Aquí es donde todo se desmorona, cavilé. Solo me distrajo un muro de fotografías. En ese consultorio pusieron sus dolores musculares y lesiones por lances valientes Memo Ochoa, Osvaldo Sánchez, Pavel Pardo, Cuauhtémoc Blanco. De aquí soy, pensé.
No sin melancolía supe que mi fotografía nunca figuraría en ese muro. ¿Juega tenis? Nunca he tenido una raqueta en las manos, me irrité. Esta es una vieja lesión, dijo el médico.
Conclusión: siete sesiones de choque con un extraño aparato. Además, hielo todas las noches. Dos por semana. Problema: volver trae consigo un riesgo de contagio, ustedes lo saben. No se qué hacer, ¿me quedo con el brazo baldado? Dice López-Gatell que esto se va al alargue, como en el futbol. ¿Aprendo a lavar platos con una mano? Como decía el clásico: cada cosa un problema. Medito.
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