Caballo negro de la noche

Ciudad de México /

Despierto. Camino más para allá que para acá y me sirvo un café expreso doble. Donde allá es el sueño y acá la realidad. Ya dije, si no es expreso no bebo. He soñado algunos episodios duros de roer. No deja de ser paradójico que en mi relación neurótica con la noche las pesadillas me tengan sin cuidado. Mis malos sueños suelen ser pensamientos obsesivos en la duermevela, esa frontera que separa al sueño de la vigilia.

Si se acerca un hombre sin rostro en la sombra y empuña una peligrosa arma amenazante, recurro a lo que los neurólogos llaman sueño lúcido y le doy la espalda a ese espectro del mal.

Borges apuntó que la pesadilla lleva en inglés el nombre de nightmare, o yegua de la noche, voz que sugirió a Victor Hugo la metafora de cheval noir de la nuit, pero que más bien corresponde a ficción o fábula de la noche. Alp, su nombre en alemán, alude al elfo, al íncubo que oprime al soñador y que le impone horrendas imágenes. Ephialtes, que es el término griego, procede de una superstición parecida que amenaza al soñador. “No hay una sola forma en el universo que no pueda contaminarse de horror. De ahí, tal vez, el peculiar sabor de la pesadilla, que es muy diversa del espanto y de los espantos que es capaz de infligirnos la realidad”.

En mi pesadilla reina la repetición, la escena que vuelve sobre sí misma, inalterable, un cerco cuya única salida es la vigilia, entonces como Macbeth mato al sueño y revivo al insomnio.

El poeta Margarito Cuéllar escribió un poema, “Álbum de pesadillas”, empieza así: “Al otro día dan lástima; / no halla uno si venderlas por kilos / o arrojarlas al agujero negro de los días. / Bestias que no terminan de formarse. / El pozo de la infancia, / un cuchillo en el baldío del sueño / empuñado por un guante fabricado por equivocación”.

Por cierto, Freud descubrió muchos años después lo que entrevió Joseph Adisson: la tesis peligrosamente atractiva, escribió Borges, de que los sueños constituyen el más antiguo y el no menos complejo de los géneros literarios.

De ser así, me acerco al género circular de las confesiones reveladas no tanto en la pesadilla como en la oscuridad de la vigilia. No me acuerdo qué soñé anoche, no importa la confesión colinda con el mundo ficticio.


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