Me serví el primer café de la mañana. Más para allá que para acá, donde allá es el sueño y acá es la vigilia. No deja de asombrarme cómo el pasado vuelve e irrumpe en la vida sin avisar, de pronto ahí lo tienes enfrente: soy todo lo que ocurrió ayer. ¿Tienes algo que decirme? No tengo mucho que decirle. Más bien quiero que me repita algo de aquellos tiempos.
Agua pasada. Había surgido aquella idea de que todo era producto de un complot: Bejarano recibió a puño sucio dinero del empresario Ahumada mientras lo grababan; luego Carlos Imaz llenó con dinero corrupto una bolsa del súper y salió como un roedor de esa oficina. Según mi memoria, esa fue la primera vez que mi hermano y yo nos gritamos en el teléfono:
—Todo es un complot de Salinas y los suyos. ¿No te das cuenta? —me dijo sin paciencia.
—Me doy cuenta de que no sabes qué hacer con las imágenes de Bejarano metiéndose fajos de billetes hasta en las bolsas del saco, con una voracidad apenas menor a su codicia. ¿Y qué hacemos con Imaz rellenando una bolsa para comprar operadores y votos?
Tiempo después, en el estudio amplísimo de su casa de Coyoacán, mi hermano me separó de la reunión familiar y me llevó a la biblioteca:
—Te quiero enseñar algo —me dijo.
De un cajón de su escritorio sacó un sobre y de él unas hojas:
—Cartas de Rosario Robles a Carlos Ahumada —me las dio a trasmano.
La revista Proceso había publicado dos o tres fragmentos filtrados por el propio Ahumada. Cuatro largas cartas de amor y fuegos eróticos manuscritas y firmadas por Robles.
Me tomé unos minutos leyendo, no sin curiosidad obscena. Mi hermano me interrumpió:
—Son copias y me pidieron que las guardara —me dijo nervioso.
Le dije algo que no preparé, simplemente se me escapó de lo que consideré una canallada:
—Destrúyelas. No te metas en este juego sucio. Una cosa es que hagas política activa, cosa que nunca he entendido, y otra esta intriga de traiciones. Luego te van a pedir que las filtres a algún medio y vas a tener que obedecer y entonces quedarás atrapado en la trama.
Le regresé las hojas de amor. Y él, en un gesto que yo no esperaba, las rompió. Luego depositó los pedazos en un cenicero y les prendió fuego. Así acaban todos los amores locos, en cenizas.
Que yo sepa, esas cartas nunca fueron publicadas completas.