Contra la destrucción cultural

Ciudad de México /

De todas las destrucciones que el gobierno de López Obrador le ha impuesto a la nación, no la menor de todas ellas ha sido la cultura. En estos años hemos visto la demolición de lo que en materia de política cultural se había levantado con enormes dificultades y hemos asistido a una desgracia tal vez mayor: el desprecio por el conocimiento.

Ciertamente no hay en el tema cultural la catástrofe de las muertes provocadas por el manejo criminal de la pandemia, tampoco el río de sangre de los homicidios dolosos en el que este gobierno ha hundido al país, o la delirante nueva escuela mexicana en educación, pero este gobierno ha convertido a la cultura entendida como memoria, identidad y cuidado del patrimonio nacional en una tierra estéril dirigida por dogmáticos, sectarios, estalinistas; todos ellos forman parte, además, de un grupo de improvisados en materia de política cultural.

Pero siempre hay una salida, como la vio Dantés en la siniestra prisión de If de la cual parecía imposible escapar, como lo contó Dumas en El conde de Montecristo: esa salida se llama excepción cultural, desde luego rescate, pero sobre todo excepción. La cultura no es una mercancía, aunque lo sea, sino ese lugar dentro del cual crecen la libertad y la imaginación: en los difíciles momentos en los cuales vivimos una democracia amenazada, la libertad creativa y la imaginación no tienen precio y poseen un valor incalculable.

En los años ochenta la industria editorial francesa estaba quebrada y la cinematografía moribunda. Mitterrand le pidió entonces a su ministro de cultura Jack Lang que iniciara un amplio estudio para desarrollar una excepción cultural: facilidades fiscales, impulso al consumo, aumento considerable del presupuesto.

Un grupo de juristas, empresarios, artistas, administradores y ciudadanos se entregaron a ese trabajo que consistía en escapar de la prisión de If, la cárcel de una cultura destruida por la incuria, el descuido, el olvido. En poco tiempo, después de mucho trabajo, la industria editorial y el cine franceses se habían recuperado.

No debemos resignarnos a que la destrucción impulsada por la autocracia avance. No permitamos que el desprecio al conocimiento se imponga, al final sólo la cultura y la ciencia nos devolverán lo que este gobierno ha incendiado: la diversidad, la pluralidad, el debate intelectual, cimiento y fortaleza de la democracia. Recuerdo de momento aquello que dijo el poeta, ensayista y crítico inglés Matthew Arnold: “la cultura es el conocimiento de lo mejor que se ha dicho y pensado en el mundo”.


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