Dentro de la noche

Ciudad de México /

Sé cosas de la noche. La exterior, de la ciudad, y la interior, la de la mente. Voy a escribir de la segunda. Hay quienes tienen en la oscuridad nocturna a un aliado; para otros, la penumbra de la madrugada crea a un adversario poderoso capaz de destruirnos.  Pertenezco al segundo grupo. Padecí durante toda mi vida sueño alterado, más allá del insomnio y más acá de la angustia.

Soy un convencido de que la vida química indicada por un buen psiquiatra puede arreglar lo que parece irreparable. Se llaman ansiolíticos, tranquilizantes, una medicina que reduce la cruenta guerra interior y devuelve cierta paz, un fármaco depresor del sistema nervioso central utilizado para disminuir o eliminar los síntomas de ansiedad. Empecé hace años con Tafil y un antidepresivo, no sé si era Citalopram. El primero me ayudó a dormir seis horas seguidas sin sobresaltos y juicios sumarios de oscuros recuerdos.

Cuando el gobierno de López Obrador logró un terrible desabasto de medicinas, tuve que tomar un sucedáneo, pero esa es otra historia. Cada cosa un problema, decía José Emilio Pacheco. Pues así con este asunto. Mientras yo pasaba noches más o menos serenas, surgió una tendencia de opinión entre los médicos que se oponía a que se utilizaran las benzodiacepinas como somníferos. Algún buen médico me dijo que si además mezclaba el Tafil con el alcohol, tarde o temprano tendría problemas cognitivos. El Tafil es adictivo y cada vez necesitarás una dosis más alta. Mta, murmuré.

Otro buen médico me dijo: si viene un paciente diabético, no puedo sino decirle que tendrá que inyectarse insulina. Además tomas una dosis pequeña: un miligramo. Sería inexacto decir que mezclo el alcohol con las benzodiacepinas, pero también es verdad que si ceno con amigos y me tomo ciento dos mil vodkas, llego a casa y me tomo mi Tafil. Y buenas noches.

Me decidí por la segunda opinión médica. Y no la paso nada mal en las noches. Cuando les diga que Los miserables es una gran novela que escribió Marcel Proust, me encierran en el ático y san se acabó.

Los años me han persuadido de que la vida química ayuda a que el sufrimiento disminuya; ese sentimiento nunca desaparecerá, como tampoco la alegría.

Por cierto, ¿me pueden recordar en qué periódico escribo? Lo tengo en la punta de la lengua. 

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