¿Alguna vez han sentido dolor? Seguramente sí, pues se trata de una sensación inherente al ser humano, de una puerta que alguna vez hemos abierto y por cuyo umbral hemos pasado. Un dolor de garganta me ha traído a la memoria algunos días difíciles. No quería acordarme y de pronto me acordé: el dolor. La memoria del dolor es imposible porque no duele, pero aun así, no hay nada que nos defina con tanta precisión como esas quemazones interiores.
Durante casi una vida fui un privilegiado. Sentí dolor intenso hasta que cumplí cincuenta años como consecuencia del tratamiento para librar un cáncer. Evitar el dolor ha sido uno de los objetivos de la ciencia médica. El magnífico libro de Thomas Dormandy, El peor de los males, publicado por la editorial Papeles del Tiempo nos cuenta la historia de ese desafío.
Recuerdo sin dolor que me dolía del carajo. El médico preguntaba: del uno al diez, donde diez es lo más intenso, ¿cuánto le duele? Yo respondía: nueve. Era una chinga pavorosa. Y no vamos a ir a la paparruchada del umbral del dolor y esas sonseras: cuando duele, olvídense de umbrales.
El médico persa Abu Alí, conocido como Avicena, sostenía que toda pócima tenía una triple finalidad. En primer lugar tenía que aliviar el dolor. Además debía sosegar el alma y, por último, inducir un sueño reparador. Yo no tenía esa pócima.
El dolor físico, nos explica Dormandy, se asocia apenas con el insomnio, la angustia, la pena, la preocupación y otros estados de ánimo. En nuestros días, este tipo de dolores y la mente se estudian a fondo, pero lo esencial se sabe desde siempre: el miedo es capaz de transformar una preocupación en una tortura.
Las molestias que se soportan con dignidad durante el día se convierten en dolores agudos durante la noche, el espacio en el cual se reorganizan los fantasmas del dolor. Los ejércitos de la noche me sitiaban en esos días tristes y yo trataba de rechazarlos con recuerdos gratos, la verdad es que muchas veces los derroté.
Les tengo una buena noticia: como lo sabe toda mujer que haya tenido hijos sin cesárea, o incluso con ella, el dolor se olvida. Menos mal, el recuerdo sería simplemente insoportable.
Rafael Pérez Gay
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