Empiezo sin mayor preámbulo, como dice un amigo. Me detengo frente al primer estand bajo el ruido ensordecedor de músicas diversas que se enciman una sobre otra. Hay edecanes de no mal ver y poca ropa, hombres y mujeres. Ellos han sido secuestrados del gimnasio y la halterofilia, se han disfrazado de marineros, caminan por los pasillos de esta tienda; ellas llevan atuendos de fantasías diversas: enfermeras del amor, secretarias complacientes, extraterrestres eróticas, gatúbelas de látigo y máscara. La enfermera me habla a gritos. Una tienda porno, sí. Casi no la oigo:
—Puedes preguntar lo que quieras.
—¿Lo que yo quiera? —respondo
a gritos.
—Sí —me contesta la enfermera cubriendo con un ademán de los brazos toda la tienda.
Lo que se ve ni se pregunta. Frente a mí hay una variedad inconcebible de dildos y consoladores. Caucásicos, orientales, negros (o afroamericanos para no entrar en polémicas). De todos los sabores, colores y tamaños. Pregunté:
—¿Y este consolador? —sostuve en la mano un falo de unos 18 centímetros, más menos. En el mundo de la pornografía los centímetros son lo que la razón a la filosofía kantiana, un poco de más o un poco de menos puede volver loco al filósofo.
—Ese es un vibrador. Los consoladores no vibran.
No me di cuenta de que demostré mi impericia.
—Es bueno saberlo —le grito desconcertado a la enfermera del amor.
—Una novedad —se refiere al falo moreno. —Tiene un alma flexible de acero que permite posiciones naturales, es menos rígido y la textura es lo más parecido que hay a la piel de un pene de verdad—.
Es buena vendedora. Cuesta 500 pesos. Mientras me explica, le da al pene moreno posiciones erguidas, digamos que relevantes. Para fingirme experto, me pongo la mano derecha en la barbilla y observo el cilindro como si contuviera todos los misterios de la Piedra Roseta.
No me decido. Me aturde la abundancia repetitiva, pero sobre todo el volumen de la música.
Una parada técnica (sin albur) en el estand cinematográfico:
—Tres por 100 —me dice una mujer que añadió a su anatomía desbordada una peluca verde.
Rubias insolentes, Todas las chicas son latinas, Sexplosion, Por atrás también, Duro de coger, Gladiador. Los títulos no son muy ingeniosos y abrigo la sospecha (a las sospechas siempre hay que abrigarlas de la intemperie del deseo) de que los guiones tampoco. La verdad, una ganga: 150 pesos. Todo es tan barato.
Rafael Pérez Gay
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