La frontera de la colonia Doctores

Ciudad de México /

La decadencia marcó con el fuego del mal gusto mi entrada al erotismo adolescente. Si caminabas por toda la calle Álvaro Obregón, rumbo a la avenida Cuauhtémoc, llegabas al cine México, cuando los cines eran buques rumbo a la oscuridad de los sueños prohibidos. En ese enorme galerón vi con amigos exaltadas películas de ficheras.

Entonces, el declive del cine nacional nos importaba un rábano si podías ver a Rossy Mendoza, aunque sea de lejos, como Dios la trajo al mundo. Yo vi Bellas de noche en el cine México. Año: 1975. Ella: Sasha Montenegro. No quiero mentir: también a Wanda Seux, la princesa Yamal, Lyn May y más, muchas más.

En la casa de mi adolescencia, los desnudos los tenían a todos los adultos sin cuidado, sobre todo si el joven era hombre, pero no los peligros reales de la ciudad. Mi padre con su lenguaje tremendo: si pones un pie una cuadra atrás del cine México, te asaltan, te golpean y matan a puñaladas.

La avenida Cuauhtémoc, prolongación de Bucareli, dividió desde siempre dos colonias, la Doctores y la Roma. La primera, cuenta Jorge Marique en su monumental La Ciudad de México a través de los siglos, se pobló a finales del siglo XVIII y se llamó colonia Hidalgo. Desobedecer, la clave de la vida adolescente. Unos caldos ¿no? Después de Bellas de noche, mínimo.

La colonia Doctores surgió durante el proceso de expansión urbana que se inició en el porfiriato. En sus calles predominaban las viviendas de los trabajadores. Allá se ubicaba un depósito de tranvías que recorrían la ruta la Villa-Chapultepec-Tacubaya. De allá viene la fama de los caldos de Indianilla (al parecer porque los trenes se fabricaban en Indianápolis). Los mismos caldos alimentaban a los familiares de los pacientes que ocupaban una cama en el Hospital General.

Indianilla se construyó a finales del siglo XIX, en la esquina de Niños Héroes y Dr. Claudio Bernard, se estableció ahí el taller de mantenimiento y las primeras plantas de liberación de energía para todo el sistema de tranvías de la ciudad. Los adolescentes que fuimos no supimos que visitábamos por última vez un momento irrepetible de la historia de la ciudad: en 1976 Indianilla abandonó el suministro para siempre y años más tarde se convirtió en una bodega y luego en un museo del juguete.

Nadie nos asaltó, golpeó y apuñaló. Se llama suerte. Uno de aquellos jóvenes propuso: vamos a ver otra vez Bellas de noche. Le gustó.


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