Camino por el pasillo que conduce a migración en el aeropuerto Pierre Elliott Trudeau de Montreal. Personas ansiosas como yo llevan el pasaporte apretado con fuerza entre el pulgar y el índice como si fueran a pasar una frontera de guerra. Mi francés es defectuoso y mi inglés inexistente. El agente de Migración me pregunta el motivo de mi visita, le explico con dificultad que mi aparición en Montreal tiene como objetivo visitar a mi hija.
Me siento miserable: un aeropuerto organizado, bien hecho, completamente ordenado. Ni hablar, así destruyó en México uno de los grandes puertos aéreos, se lo cargó el señor López Obrador.
Nos informan que enfrentaremos un invierno serio, un frío de menos 20 grados, para empezar. Ya no asusten, pienso. Me disfrazo y camino para tomar un taxi. No entiendo nada, estas personas hablan algo parecido al checo, pero dicen que es francés.
Dormí bien y soñé con enanos. Los celulares informan: -25 grados. A la mañana siguiente acompaño a mi hija, ella tomará un auto-común, como las bicicletas de México. Vengo pertrechado. Debo confesar que las calles blancas, los coches casi sepultados, me gustan. ¿Habrá un padre que no le diga a una hija que vaya con cuidado? No quiero ser presumido, pero conozco bien Montreal, por cierto, una ciudad bella y extraordinaria.
Camino, hundo las botas en la nieve y recuerdo que nunca imaginé esta escena, en casa era imposible para nuestra imaginación. Hubiera caminado un poco más, pero era casi imposible. Me detuve, eso sí, a comprar un expreso doble.
A las cinco empezó a oscurecer y recordé el título imbatible de Rabindranath Tagore: “Tú pones la tormenta y yo la noche”. No creo que haya un título mejor. Me dice mi hija que la noche anterior subió cinco centímetros la nieve, no hay más remedio: a palear.
Me entristece que mi hija me impida palear. Me niego y paleo, faltaba más. Lo hice bien. Duro. Además, han comprado una especie de podadora de nieve. Gran jornada de trabajo. Desalojamos una parte importante de nieve.
—¿Te sientes bien? —Me pregunta mi hija.
Entonces entendí que soy un invierno, algo que se acerca a los menos 20 grados. Una revelación.
—¿Tendrás vodka?
—Siempre —me dijo.