Como que no quiere la cosa, la vida empieza de nuevo. Tiré a la basura del celular una parte de la historia del año que bajó el telón. Si pudiéramos deshacernos así del pasado inmediato iríamos más ligeros: esa tarde infame en que nos sentimos miserables, al cesto; aquella noche en que no dormimos de miedo a la nada, al basurero del olvido; esa temporada de tristezas y de ojos arrasados, adiós para siempre. El olvido acecha a la memoria, pero esta se las arregla para escapes indómitos rumbo al recuerdo.
Busco un lugar preciso en uno de los mapas legendarios de la familia. Necesito un Uber. Voy al edificio del Poder Judicial de la Federación y al Palacio Legislativo. Toda la línea de Fray Servando Teresa de Mier. Dejo atrás el mercado de Sonora.
Bajo del Uber y camino por la calle Eduardo Molina. No conozco esta zona de la ciudad. Camino sin rumbo aunque he visto el mapa y los nombres de calles que resuenan en mi memoria: Congreso de la Unión, Lorenzo Boturini. Estoy lejos de mis recuerdos.
Mientras camino pido otro Uber. He pedido en la aplicación que me lleven a la calle de Francisco del Paso y Troncoso. Avanzamos por la calzada Ignacio Zaragoza rumbo al Boulevard Puerto Aéreo. No recordaba la calle Anselmo Portilla, pero sí la Unidad Habitacional Kennedy. A este trozo urbano de calles olvidadas le llamaban Los Llanos de Balbuena. En enero de 1910, Alberto Braniff realizó el primer vuelo y este terreno se convirtió en el primer campo aéreo del país. Los Llanos de Balbuena estaban formados por dos Haciendas: Santa Lucía y Magdalena. La brújula ha perdido la aguja, pero sé que por aquí empezó todo.
Mis padres vinieron un día a ver los terrenos que compraron para una escuela de aviación, en ellos le darían forma a sus sueños y sus amores de juventud, pero se sabe que ambos son inconstantes.
Consumada la conquista y determinada la traza y construcción novohispana, en el límite oriental, por el barrio de San Lázaro, Cortés ordenó construir el edificio de las Atarazanas, el almacén de artillería, en ese espacio ocultó los bergantines con los cuales sitió la ciudad indígena.
Regresé en otro Uber y sin nada más que memorias encendidas en los recuerdos a los que volvían mis padres en esas tardes de domingo, cuando su memoria se iluminaba con la luz tenue de las cosas cumplidas.