Si vas a Cartagena, Colombia, no puedes dejar de pasar por el Celele, grandísimo restorán que se cuenta entre los primeros de toda la América Latina. Yo estaba en Cartagena, gran ciudad amurallada, y veía a los lejos a Francis Drake asediando con tremendas fragatas la pequeña ciudad colombiana. El cojo Ibarrola defendió la soberanía y el oro de Colombia de los piratas. Gran epopeya.
El Celele se encuentra en Getsemaní, un barrio de calles estrechas y no muy seguras diseñadas ahora para turistas desprevenidos y soñadores.
Un grupo de meseros científicos nos atendió con amabilidad irrefrenable y no poca disciplina: aquí se come con serias instrucciones.
La primera decepción ocurrió cuando un experto nos mostró un menú inexpugnable. Ante lo desconocido, más vale la discreción. Sí, de acuerdo, un salpicón de pescado gratinado; enseguida un cerdo con frijoles, y entremedio (así se dice) una ensalada de flores. Yo mismo me asombré de mi audacia culinaria, pero caramba, en una ciudad que resistió a los piratas más desalmados no deberíamos remilgarnos.
Los minutos pasaron. Un joven llegó a la mesa y nos explicó: esto no es comida, se trata de un reguero de sabores intransigentes. No voy a exagerar, pero se trataba de un queso fundido pedante.
Más minutos, más esperanzas. Otro joven puso en la mesa un plato amenazante, como un pastel espolvoreado de coliflor, si usted lo horadaba dentro saltaban las habichuelas (yo también tengo mis palabras). Uta. El joven nos explicó lo que son los frijoles, lo cual me pareció un tanto ofensivo, pero callé no sin pensar esto: yo como frijoles desde que tengo ocho años. El plato, un fiasco insípido. Me sentí decepcionado y pedí otro Grey Goose, sí, doble, por favor.
He dejado para el final la ensalada de flores. Aquello era un jardín precioso que había que cultivar y no comer jamás. El joven experto, perdí la cuenta y ya no sé quién era cuál. Pues ése traía un gotero. Sí, señoras y señores, un misterioso gotero. Uno, dos, tres, cuatro gotas de misterioso líquido. Uff. No sabían a nada, pero qué bien se veían al caer sobre las flores de colores. Pedí otro Grey Goose, dopio, como dicen los italianos.
No me lo van a creer, pero tuve un ataque inexplicable de tristeza. Dicen que la comida molecular se impone en el mundo.
No lo dudo.