La prensa literaria celebra el centenario del nacimiento de Norman Mailer. Siempre he creído que ningún novelista puede escapar a su temperamento. Y menos que nadie Norman Mailer, a quien la sombra de la desmesura lo persiguió hasta el día de su muerte como una bendición y un destino maldito. En el pavoroso mundo de Mailer, lo que no es descomunal, no existe.
Un viento de tempestad lo impulsó a los veinticinco años cuando publicó Los desnudos y los muertos. Había nacido una de las leyendas más poderosas de la vida pública estadunidense y empezado su camino una obra central de la literatura del siglo XX.
El tema único, la obsesión enorme de Mailer fue Estados Unidos. Recorrió todos los géneros para convertirse en el gran cronista del siglo. No hubo asunto que no pasara por la furia productiva de su fuerza literaria: el poder, la guerra, la traición (Los ejércitos de la noche, El fantasma de Harlot, Oswald: misterio americano), el sexo (El parque de los ciervos, Los hombres duros no bailan), la religión (El evangelio según el Hijo), la moral y la muerte (La canción del verdugo, El castillo en el bosque).
Norman Mailer participó en la creación de un género casi tan antiguo como la misma literatura, pero que él ofreció al público como si fuera una novedad, de hecho lo era en su brillante concentración literaria: el nuevo periodismo, esa forma que a finales de los años sesenta resolvía cualquier tema público con la misma intensidad con que se abría la puerta de una novela.
Mientras reviso mis viejos libros de Mailer, estoy dispuesto a cambiar algunas de sus novelas por varias de sus crónicas magistrales. Me refiero, al menos, a los textos reunidos en un libro: The time of Our Time (publicado por Anagrama en el 2005 con el título de América), que reúne como anfibios en el manglar a reportajes, crónicas, textos, ensayos personales, centellas de periodismo perfecto. Pienso en “Boxeando con Hemingway”, “Nuestro Hombre en Harvard” y, desde luego, en esa breve obra maestra llamada “El Combate del Siglo”, los esplendores de Mohamed Ali y el ocaso de la realeza de George Foreman.
Cuando cumplió ochenta años, Mailer escribió esta lección inquietante para todos los escritores: “Un ego razonablemente confiable es crucial para un autor que trabaja mucho, pero un ego mucho más fuerte que sus necesidades literarias es una autopista directa a la mediocridad”.
Rafael Pérez Gay
@RPerezGay