Para llorar

México /

Leo esta nota: “Ir diario a trabajar, pagar renta, comprar despensa, asistir a juntas, y mil cosas estresantes, de eso trata la vida adulta. Pensando en la tensión de la vida, en Tokio crearon un hotel que incita al llanto. Los dueños del Mitsui Garden de Yotsuya creen en el poder de las lágrimas para quedar satisfecho”.

Según la información del diario ABC, en las habitaciones de este hotel los huéspedes pueden encontrar una selección de películas tristes, novelas desdichadas, un set de belleza con parches calmantes para bajar la tensión, un antifaz para conciliar el sueño, cremas para desinflamar los ojos y un gran paquete de pañuelos desechables.

La existencia de este hotel me ha hecho pensar en los misterios de la literatura. Allá en los años 80 escribí un cuento al que le puse este título: “Para llorar”. Trataba de una casa adonde la gente iba a llorar. La idea se me ocurrió leyendo a Cioran, un párrafo donde dice que deberían existir los “aulladeros” y desde luego como un vago eco de “Instrucciones para llorar” de Julio Cortázar.

En alguna noche perdida de la década de los 80 escribí esto:

“El sol empezaba a calentar la mañana en que Javier Espitia se acercó al portón y dio dos aldabonazos urgentes.

—Buenos días, ¿qué se le ofrece? —le dijo el Hombre Gordo que abrió la puerta.

—Vengo a llorar —dijo Espitia con los ojos llenos de lágrimas.

—¿No me diga? ¿Y quiere que yo le crea tamaña mentira?

El Gordo sacó el pecho como si fuera a tomar aire esa mañana tibia de abril en que el tiempo se suavizó fugaz e inmerecido”.

Imaginé la casa para llorar como una construcción estilo colonial, con salas de techos altos en las que ocurrían diálogos como estos:

—Muy bien Espitia, ¿y a qué debemos su visita?

—Vengo a llorar —le dijo con los ojos arrasados.

—Solo voy a hacerle una advertencia, Espitia —le dijo el Hombre Maduro mientras sacaba otro Kleenex—: no vamos a ayudarle. No le vamos a decir que su papá no lo quería, ni que su madre era una mujer despreciable, ni que usted es un mediocre sin remedio. Nada. Usted va a llorar solito, sin ayuda de nadie. Pero antes dígame, ¿por qué quiere llorar?”.

Esa casa ahora es un hotel japonés. Como sea, tenemos que hospedarnos alguna noche en ese lugar de la verdad.

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