'Teatros'

Ciudad de México /

Desayuno en el Sanborns de los Azulejos. Más tarde pongo la máquina a andar, necesito ver los lugares donde estuvieron los teatros de la ciudad. Caminé por la calle de Donceles. En la esquina con Allende piso en el asfalto uno de los rumbos más antiguos de la ciudad. La bautizó así, unos años después de la caída de Tenochtitlán en 1521, Alonso García Bravo, el autor de la primera traza de la ciudad.

No deja de ser extraño que durante un tiempo el alma de la Ciudad de México pudiera verse a través de sus teatros. Esas calles del siglo XIX eran inconcebibles sin esas casas de los sueños. En los vestíbulos del Arbeu, el Lírico, el Apolo, el Xicoténcatl se reunía la alta sociedad porfiriana. Los escritores y los periodistas fumaban puro en el vestíbulo metidos en fracs. El emblema de ese personaje que aspiraba a la vida cosmopolita fue Manuel Gutiérrez Nájera, el Duque Job, que escribiría una crónica diaria sobre el teatro, la obra, los actores y, sobre todo, las actrices.

Eran los tiempos de Adelina Patti Nicolini y sus presentaciones en el Teatro Principal que estaba en la calle de Coliseo (hoy Bolívar), entre San Francisco (Madero) y Coliseo Viejo (16 de Septiembre). Era la hora de admirar a Sarah Bernhardt, de los cables submarinos que traían noticias frescas de Galveston, de los vapores que fondeaban en Veracruz con noticias de Europa, del asombro de los ferrocarriles, de la fe en las pastillas Randall contra las acedías y el jarabe de bromuro contra calenturas, pesadillas y dolores menstruales, de los diarios porfirianos confiados en el futuro, los años del Partido Liberal, diario del que fue propietario José Vicente Villada.

Años después, cuando la guerra civil destruyó al país, en 1918, la Emperatriz de la Opereta, Esperanza Iris, inauguró su propio teatro remodelando el Xicoténcatl en la calle de Donceles 36. Lo inauguró Venustiano Carranza en mayo de 1918 como un soplo de paz casi al final de la guerra que le costaría la vida. El teatro se convirtió en el templo de la zarzuela.

En los interiores de los teatros, en los camerinos, en la tramoya y las butacas, los palcos y el vestíbulo pueden encontrarse los secretos de una ciudad.

Después de caminar, traigo un puñado de lugares y los pongo en mi escritorio sobre un mapa de la época para un libro que al parecer he terminado. Nunca se sabe.


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