Caminé por la calle Juan de la Barrera y me di cuenta de que derribaron la vecindad donde pasé días jugando con uno de mis mejores amigos de la adolescencia. Casi esquina con Atlixco, a un paso de una oficina de correos donde mi madre le mandaba cartas a su hijo mayor. Estoy viendo las entradas: tres, los pasillos estrechos y las puertas, una tras otra, de pequeñas habitaciones.
Solamente planta baja y primer piso. Si vivías en una vecindad eras pobre y el desprestigio te seguía como sombra. Mis padres se habrían suicidado antes de rentar uno o dos cuartos de una vecindad, aunque eran pobres. Las apariencias no engañan.
Estas habitaciones construidas alrededor de un patio central provienen de la casa colonial, cuando no existía la vida privada, pero poblaron los barrios populares a principios del porfiriato y tuvieron su auge en los años treinta. En el siglo XIX, varios edificios coloniales fueron convertidos en vecindades para trabajadores. A partir de 1870, esta fue la respuesta a la creciente demanda de vivienda. La colonia de la Teja, de 1882; o la Morelos, de 1899; la Peralvillo, la Buenos Aires o la Portales surgieron bajo ese esquema de planeación urbana.
La representación de la vecindad clásica quedó fijada en el tiempo gracias al cine mexicano: en 1948 con Nosotros los pobres y en 1949 y 1950 con El rey del barrio y Los olvidados.
En su libro Hablo de la ciudad, Mauricio Tenorio cuenta cómo la vecindad quedó ligada a la idea de la aglomeración y el hacinamiento. Escribe Tenorio: “… no únicamente en una sola vecindad —que podía alojar a 900 habitantes—, sino dentro de cada uno de los cuartos: el promedio de inquilinos por cuarto era de cinco (…) el significado de vecindad invariablemente refería a sus patios y sus entornos de pasillos y barandas. Los patios eran el centro de toda actividad social y humana (letrinas o excusados comunales, lavaderos y fuentes comunes); en los patios jugaban los niños y en los patios ocurría la seducción y el crimen”.
La vecindad de Juan de la Barrera estaba a una cuadra de otra de ellas en la calle Antonio Sola, en la Condesa. Me sabía las dos de memoria y ocultaban secretos. Conservo dos: en un cuarto vivía una mujer sola que nos ponía locos cuando la veíamos salir por la tarde vestida para una gran ocasión; en otra habitación vivía un hombre solo que entraba con señores cuando oscurecía.