Viene el Mundial

Ciudad de México /

Ante todo, no hacer aburrido algo que puede ser divertido. Nada de improntas volitivas, ni de estudios que denuncian la industria y mucho menos usar la lupa para descubrir la mano negra en ese deporte. El futbol puede ser tan apasionante que ha aceptado que escritores mayores logren piezas de literatura verdadera. Y claro, si a usted no le gusta, adelante, no lo vea y asunto arreglado.

A veces uno aprende de las cosas que ama en el espejo del sufrimiento. Yo aprendí lo que era el futbol en aquel año de 1966, el Mundial de Inglaterra. La selección mexicana llevaba en la maleta la nube negra de sus partidos de preparación rumbo al Mundial. Los partidos de fogueo habían sido un suplicio. Después de empatar a uno contra once suizos indiferentes, en Lausana, los irlandeses liquidaron a los nuestros, cuatro a uno, en Belfast. Días más tarde, el 29 de junio, en Florencia, la crueldad de los italianos llegó hasta el sadismo. La máquina italiana arrolló a los mexicanos cinco a cero.

Ignacio Trelles había ensayado esta esperanza antes del Mundial: en la portería, Ignacio Calderón; en la defensa, El Cura Chaires, El Halcón Peña, Nuñez y Hernández; en la media, El Chololo Díaz y el Pipis Ruvalcaba; arriba, El Gansito Padilla, El Teto Cisneros, Chalo Fragoso y Jara.

Faltaba lo peor, México jugaba en el grupo uno integrado por Uruguay, Francia, y el país cede, Inglaterra. El estadio de los juegos era Wembley, el templo inglés de futbol.

El sábado 16 de julio de ese año, once mexicanos aterrados saltaron a la grama de Wembley. Trelles ordenó una malla ciclónica formada por once jugadores en retaguardia. Conocí por primera vez dos fenómenos físicos: la dilatación de nuestros pases laterales y el estruendo de la línea recta inglesa. Los mexicanos lograron una cantidad incontable de triángulos isósceles sobre el césped sagrado de Wembley, con la vaga esperanza de arrancarle un empate a Ramsey, el filósofo pragmático que entrenaba a los ingleses.

Así aprendí lo que es el futbol. En el minuto 34 de la primera parte, Bobby Charlton avanzó por el centro del campo, sin perseguidores a la vista, rebasó la media cancha, abrió un boquete, y a unos 30  metros sacó un riflazo que Calderón no pudo detener. Yo era un niño, pero lo supe: la línea vertical es el camino. Y luego esto otro que leí en una página olvidada: la desesperación es ya en sí misma una especie de suicidio.


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