Voz

Ciudad de México /

Cargo con un problema de la voz desde hace tiempo. De pronto estoy ronco, con una voz roída por el tiempo, como si fueran sonidos perdidos, irrecuperables. La tos, el dolor de garganta, la carraspera y en algún caso la afonía. No me hago el valiente, me da miedo.

Amigos y amigas me han dado remedios caseros que han sido útiles, pero al cabo del rato, de nuevo caigo en la ronquera. Por presumido, me acuso, me decían que tenía una voz magnífica. Les digo ahora: ya no queda nada de esa voz, en el caso de que la haya tenido.

Odio aceptar que tendré que ir al hospital a hacerme exámenes. A los que hemos tenido cáncer, nos duele un pie y de inmediato aceptamos que el cangrejo regresó por nosotros. El médico y mi hija, otra médica, me ponen en el rincón de la vida con orejas de burro. Se llama reflujo, me dicen. De acuerdo, una fiesta, se llama reflujo.

Una noche de toses invencibles me puse a pensar cuál era la voz y de qué escritor me gustaría llevarme al más allá; adivinaron: Cortázar, desde luego. Del capítulo siete de Rayuela: “toco tu boca con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo”.

He citado de memoria y no corregiré porque sería  corregir mi pasado y aunque puede hacerse, de momento no puedo porque estoy ronco. Desde luego se trata de un  disco, sí, un vinilo, publicado por la UNAM. Esa voz me sigue desde que soy joven y cuando la oigo vuelvo a ser joven: toco tu boca.

También he oído la voz de Roland Barthes, extraña, pero afable, inteligente, en cierto sentido imposible. Tal vez el imposible era yo. Y la entiendo y sé entonces que un día supe francés. O nunca lo supe. El libro se llama El grano de la voz, las entrevistas concedidas por Barthes desde 1962 hasta su muerte en 1980.

Recuerdo mi decepción cuando entendí, o quise entender, en la universidad, que el grano de la voz es una categoría teórica bartheana que se refiere a la voz que con su materialidad, sin representar o expresar,  logra hacer presente el sentido. Sepa la bola.

Le dije a un amigo, si nos preguntan esto en el examen oral, diré que perdí la voz.


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