Yo iba con mis azules, jóvenes migrantes transculturales agrupados bajo la bandera francesa, emblema de los tiempos, fronteras abiertas, países que reciben a hombres y mujeres que viajan por el mundo en busca de una vida. Yo no tenía dudas, pero aparecieron los croatas, un grupo de jóvenes que huyeron de la guerra de Los Balcanes, que vieron de cerca la muerte y sobrevivieron por un milagro del destino. Todo se puso difícil, un dilema: Francia o Croacia. Así me senté a ver la final del Mundial de Rusia 2018.
Quise ver el juego como un duelo entre Griezmann y Modric, los dos creativos que mueven a sus equipos. Lo ganó Griezmann. Tres panteras de padres africanos encerraron a Luca y lo sometieron con el poder de sus físicos de atletas bajo el sol y la lluvia. En cambio a Griezmann lo dejaron jugar, volantear a su gusto. El árbitro Pitana le obsequió a Griezmann una falta más o menos cerca del área. En el centro del área, Mandzukic cabeceó mal y hacia atrás: autogol.
La psique croata es freudiana, destruye a su rival sorprendiéndolos; el carácter no lo hace todo, pero sin él, en el futbol o en la vida, no avanzas un centímetro. Con esa fuerza dejaron fuera a Dinamarca, Rusia e Inglaterra. No es poca cosa, pero no olvidemos que siempre fue en tiempos extras y penaltis. Por otra parte, los franceses dejaron en el camino a Argentina, Uruguay y Bélgica.
En una jugada de locos, Perisic le cambió el rumbo al balón con la pierna derecha, se llevó a Umtiti y con la izquierda hizo un gol de belleza poética. Croacia había empatado. Más tarde, un penalti que Griezmann convirtió en un gol fácil: 2 a 1. Luego vi a una defensa croata que se abrió en el centro, una mantequilla: Pogba y Mbappé dispararon a placer. 4 a 1. El sueño croata había terminado. No lo sé de cierto, pero el portero Subacic pudo hacer algo más, aunque bien pensado todos habríamos podido hace algo más. Después de un error de sexto de primaria del portero Lloris, la suerte estaba echada: 4-2. Francia campeona del mundo. Del Pantheon salieron los espectros de Victor Hugo, Voltaire, Rousseau, Dumas a festejar una noche los goles de Francia. Arde París.
El Mundial de Rusia terminó. Un torneo emocionante, divertido. La geopolítica del futbol ha cambiado y, según entiendo, le viene bien al futbol. Si Croacia puede llegar a la final y un grupo de jóvenes franceses hijos de migrantes coronarse campeones del mundo, algo ha cambiado en ese deporte de miles y miles de millones de euros. Por cierto: mañana regresaremos al ennui, francés, al tedio. Nos espera una vida baudelairiana. El regreso será difícil. Adiós.
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