El horror de vivir en los tiempos pasados

Ciudad de México /

Por poco que te pongas a mirar series televisivas ambientadas en otras épocas, te darás cuenta de que el sufrimiento de la gente era absolutamente pavoroso y de que el dolor de los hombres ha sido la gran constante en la historia de la humanidad.

Más allá del consumo de contenidos para satisfacer a los actuales dioses del entretenimiento, la lectura de la Biblia o cualquier hojeada a los libros que relatan los acontecimientos del mundo bastará también para que se dibuje un aterrador panorama delante de tus ojos: guerras, atrocidades, violencias, hambrunas y, sobre todo, la desgarradora pobreza de la inmensa mayoría de los pobladores de este planeta.

En lo que toca a lo que comemos ahora y la posible malignidad de los alimentos procesados, algunos espíritus, inoculados de una extraña nostalgia, evocan una quimérica realidad hecha de prístinos vegetales y viandas de una primigenia pureza siendo que la dieta de las personas se encontraba fatalmente restringida por la simple geografía de las naciones.

Compré ayer unos kiwis en el supermercado. Muy saludables, al parecer, colmados de vitamina C y otros virtuosos componentes. Pensé que venían de Nueva Zelanda, que está, literalmente, al otro lado del mundo, pero no, eran chilenos. Vengan de donde vengan, ¿ustedes imaginan que un mexicano, digamos, del siglo XIX pudiera degustar tan exótico fruto? ¿Saludables papayas, sandías y melones en algún principado de Europa central en 1750? Pero, además, ¿cómo se conservaban los alimentos frescos, a lo largo de meses enteros, sin refrigeración? La carne de la vaca, el caballo o el borrego, luego de que fueran degollados los pobres animales, ¿cuánto tiempo duraba antes de no poderse ya comer o qué procesos, no necesariamente de lo más higiénicos, se necesitaban para que pudiera seguirse consumiendo?

Las personas que pretenden reconstruir el idílico mundo pastoril del pasado desechan selectivamente las bacterias y los virus que han poblado desde siempre este planeta y no reparan tampoco que la mortalidad infantil era, hasta hace muy poco, absolutamente devastadora, por no hablar de la falta de anestésicos para mitigar los insoportables dolores de una amputación o de que la visita al dentista, un trámite que sigue siendo un tanto dificultoso hoy día, no era una amable experiencia en un impecable consultorio sino un aterrador episodio en manos de un tosco curandero.

Como si este panorama no fuera ya lo suficientemente espeluznante, la disposición de los tiranos y reyezuelos a oprimir a sus pueblos, antes de que se formulara siquiera un mínimo apunte de lo que deberían ser los derechos humanos, los condenaba, a los vasallos, a unas vidas absolutamente miserables, por no hablar del permanente horror de las guerras, sin ambulancias, ni quirófanos, ni nada de los alivios que proporciona la medicina moderna.

En este 2026 podríamos, tal vez, reconciliarnos un poco con la privilegiada realidad que estamos viviendo en el mundo de ahora.


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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