La muy necesaria cordialidad de los demás

Ciudad de México /

Hace un par de semanas, confrontado en el saturado aeropuerto de CdMx a la experiencia de sobrellevar los embates de un tipo grosero y agresivo —sin haber buscado yo camorra, ni mucho menos— me dije que los humanos somos, después de todo, bastante vulnerables en el apartado anímico.

No nos movemos con total soberanía por el mundo sino que en todo momento nos encontramos con otros seres de la especie, individuos que pueden ser desaforadamente desagradables, gente que no siembra armonía sino que por alguna muy extraña razón pareciera deleitarse en el malestar que su brusquedad les causa a los demás.

Frente a la circunstancia de que alguno de estos sujetos se te atraviese en el camino, el gran tema sería que su tosquedad no te la tomaras como algo personal: después de todo, el tipo no te conoce, jamás te había visto y no tiene la menor idea de quién eres, para bien o para mal.

Pero, qué caray, libros de autoayuda aparte, no sólo es muy difícil no responder a la agresión sino que el mero acontecer de un episodio incómodo puede dejarte marcados los ánimos de la misma manera como la presencia de alguien amable —digamos, un mesero sonriente al desayunar en el restaurante, una atentísima dependienta en una tienda o un desconocido que te saluda con exquisita cortesía al cruzarte con él— te sube de inmediato el entusiasmo.

Sabemos que somos seres sociales y buscamos siempre, creo yo, la vivencia de un encuentro mínimamente cordial con nuestros semejantes. Hablando de entornos hostiles o, más concretamente, de ciudades que pudieren ser menos acogedoras que otras, me llamó la atención un video, en YouTube, en el que una joven española avisaba de que volvía a su tierra —a Madrid, su lugar de origen— luego de diez años de habitar una urbe alemana en la que, decía, “los únicos que sonríen son los turistas” y de haber buscado, durante todo ese tiempo, amistades y compañía.

Lo cual ya no nos lleva a reflexionar sobre la fugaz huella que dejan los encuentros fortuitos, sino al impacto de la soledad, un fenómeno, tengo la impresión, que en México no comienza todavía a ser el mal social que golpea a las naciones desarrolladas o, por lo menos, algo de lo que no hemos comenzado todavía a hablar en este país. ¿Nos volveremos, algún día, una nación de gente indiferente, fría y ensimismada? 


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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