El famoso quinto partido sigue dibujándose en el horizonte de las aspiraciones futbolísticas nacionales. No es una ambición desorbitada sino el simple anhelo, decomisado por los comentaristas deportivos, de interpretar un papel no demasiado deslucido en la gran competición internacional.
O sea, que nos sabemos modestos en lo que toca a las categorías del balompié planetario y nos contentaríamos, enardecidas celebraciones de por medio en el Ángel de la Independencia, con sobrepasar la barrera de los octavos de final.
Podemos jactarnos, eso sí, de haber organizado tres Campeonatos Mundiales (bueno, es un decir porque éste de ahora es más bien un lucrativo concurso montado por los Estados Unidos, con la anuencia del muy diplomático señor Infantino, y nos tocan nada más algunas migajas del pastel, al igual que a nuestros socios canadienses), pero fuera de eso no figuramos en el Olimpo del fútbol universal.
La Argentina se nos ha atravesado siempre en el camino y ellos, los suramericanos, son gente de pretensiones, vaya que sí: suelen sacar una casta futbolística de colosal calibre al punto de que figuran, ahora mismo, como grandes candidatos al título.
España, a su vez, se presenta como la nación imbatible gracias a una generación de brillantísimos jugadores y, bueno, ahí está Francia, la favorita de este escribidor en su condición de ferviente francófilo, con un equipo rebosante de talento.
Han surgido polémicas por el tema de que van a participar muchos países segundones en la competición. Muchos comentaristas argumentan que un Mundial tiene que ser la exclusiva vitrina de los mejores, un escaparate de las grandes potencias nada más. Pues bien, no estoy nada de acuerdo con esa postura: el mundo, justamente, es muy grande y en doña FIFA están registrados ni más ni menos que 211 países. Más, según parece, que en la mismísima Organización de las Naciones Unidas. No hay razón alguna para excluir a los pobres del gran banquete futbolístico, señoras y señores.
Ah, y para los exquisitos que pretenden desairar los partidos menos atractivos, pues muy sencillo: no los miren, oigan, váyanse a jugar dominó con los amigos y, un par de semanas después, regresen y enciendan el televisor cuando tengan lugar las fases finales.
No le quita nada al Mundial, absolutamente nada, que al principio jueguen muchos países. Ya en los cuartos de final, estarán de cualquier manera los grandes. ¿Cuál viene siendo entonces el problema? Pues eso…