El toreo es un arte tan antiguo como feroz. A esta realidad nos tenemos que enfrentar, hoy día, los taurinos, hostigados como estamos, además, por los animalistas.
Ciertas causas se han convertido en un idóneo instrumento de persecución y sus abanderados fungen ya como auténticos inquisidores, desentendidos de que muchos de los perímetros que pretenden ocupar son también necesarísimos espacios de libertad.
Cualquier principio se puede volver un pretexto para ejercer la más implacable intolerancia y alimentar la vocación prohibicionista de los censores de siempre, individuos a los que no anima otra cosa que el afán de desplegar sus potestades sobre los demás.
El tema es muy espinoso, desde luego, porque más allá de la noble belleza de la fiesta brava y de los sublimes instantes que pueden tener lugar en el ruedo, al toro se le inflige un manifiesto sufrimiento.
Estamos hablando, sin embargo, de uno de los seres vivos más mimados y consentidos del planeta entero. Su crianza ocurre en las dehesas mediterráneas y en los ranchos de nuestra América hispana, donde se desarrolla en plena libertad y merece todos los cuidados.
El animal, luego de siglos de selección ganadera, posee gran musculatura y un imponente cuerpo atlético. La desaparición del toro de lidia, cuya única razón de ser es la tauromaquia, no llevaría entonces a una gran conquista biológica siendo, encima, que la mera existencia de las fincas dedicadas a su crianza es muy beneficiosa para el ecosistema y sirve a otras especies protegidas.
Pero, bueno, las supremas autoridades de Ciudad de México, territorio conquistado por el populismo izquierdoso, han decidido dar por terminado el debate social en torno a la fiesta brava y la han proscrito –a la torera, podríamos decir, recurriendo a una de las tantas expresiones que el castellano ha heredado de las suertes practicadas en el ruedo— acabando no sólo con la gran tradición taurina de la capital de todos los mexicanos sino aniquilando de paso a todo un sector económico.
Lo mismo ha ocurrido en muchas otras urbes de nuestro subcontinente. Tenemos así que Aguascalientes, la apacible localidad habitada por este escribidor, se ha convertido en la capital de la tauromaquia de América.
Aquí, en las tierras hidrocálidas, sigue habiendo una fervorosa afición y matadores de todas la proveniencias lidian toros en jubiloso desafío a los prohibicionistas. Somos, pues sí, un oasis de libertad que resiste las embestidas de la nueva Inquisición.
Ah, por cierto, en el Reino de España la fiesta brava está más viva y resplandeciente que nunca, escoltada, miren ustedes, por miles y miles de jóvenes…