Le llaman “fútbol canchero” para enmascarar un juego de barriada hecho de rudezas, trampas, engaños e infracciones.
Y, pues sí, los orígenes del balompié no son precisamente aristocráticos por más que muchos clubes hayan sido fundados por algunos exquisitos acomodados.
El talento futbolístico de los argentinos es innegable, desde luego. Deslumbrante, podríamos inclusive decir.
Pero también es muy característico su estilo particular de hacer las cosas en la cancha: les brota cierta natural picardía y también cultivan ese victimismo consustancial a su cultura sacando raja, precisamente, de presentarse como una etnia de perseguidos.
En respuesta a la animadversión universal que han despertado los futbolistas argentinos luego de sus actuaciones en el pasado Mundial, hemos visto toda suerte de publicaciones en los medios y las redes sociales, desde ataques todavía más virulentos al pueblo argentino en general hasta elogiosos reconocimientos de sus tradiciones y virtudes.
Y sí, la Argentina es una nación de esas que pueden ostentar una gran personalidad, qué duda cabe.
El tema es que, peloteando ya sus futbolistas en el terreno de juego, su comportamiento no es precisamente ejemplar, así sea que Dios mismo haya intervenido para certificar la mano con la que Maradona anotó el gol contra Inglaterra, el 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca, en el primero de los campeonatos planetarios organizados en este futbolero país.
Justamente, esa sacralizada validación de una grosera trampa sentó un precedente y, a partir de ahí, la reputación global del fútbol argentino comenzó a abollarse un poco.
Vino después, como corolario a la consagración de Maradona, un juego tosco y declaradamente violento que no arregló demasiado las cosas, con todo y que la mentada “garra charrúa” de los uruguayos, los vecinos orientales —una práctica aderezada de faltas y flagrantes agresiones—, pudiere aportar todavía más puntos a la crudeza de cierto futbol suramericano.
Lo preocupante es el ejemplo: para miles de chicos en aquellas tierras australes, las patadas y los disimulos terminan siendo parte de una normalidad perfectamente aceptable, usos comunes que se pueden integrar a las prácticas de la cotidianidad.
Y, bueno, lo de arremeter contra los jugadores contrarios al terminar el partido y desconocer abiertamente su muy merecida victoria, eso es todavía más pernicioso como paradigma de un comportamiento, no digamos ya deportivo sino meramente ciudadano.
El mundo entero, con todo, ha respondido con una abierta antipatía hacia el equipo dirigido por Lionel Scaloni. Es injusto para millones de generosos y nobles argentinos. Pero…