Cualquier humano que aspire a ocupar un cargo mínimamente significativo en este mundo debe enfrentar una feroz competencia. Pregúntenle ustedes a un joven recién egresado de la universidad, con sus títulos bajo el brazo y con notas sobresalientes, si las cosas están fáciles allá afuera (escribo en espanglés, muy a mi pesar, estimados lectores). Les contestará que, con muchos trabajos, se las podrá apenas apañar para conseguir un job (y dale) codiciado por decenas de individuos tan preparados como él y a cambio de un salario incomprensiblemente raquítico en relación a sus cualificaciones. Indaguen igualmente sobre las posibilidades de triunfar, digamos, como cantante popular, como actor, como empresario o como deportista de élite: se encontrarán con algo muy parecido, con la realidad de miles de personas que echan toda la carne al asador en la búsqueda de su muy particular sueño y que, vista la enorme cantidad de gente que persigue exactamente el mismo fin, no logran jamás alcanzar los propósitos que se habían planteado años atrás. Y, sí, la competencia es absolutamente brutal en nuestras sociedades y esto es uno de los signos distintivos de estos tiempos.
Los individuos de la especie nos hemos vuelto muy capaces, muy especializados en tareas obligadamente específicas y totalmente expertos en las funciones que la economía requiere de nosotros. Es curioso, en este sentido, que, en el futuro inmediato, las posibles políticas públicas de este país vayan a rebajar los requerimientos para acceder a la educación superior siendo que las naciones más exitosas, competitivas y triunfadoras del orbe han ido en el sentido exactamente opuesto, es decir, han implementado una serie de durísimas condiciones para que los estudiantes puedan ingresar a las universidades. Pero, en fin, ese es otro tema.
La más palmaria demostración de nuestros avances como raza planetaria es que las marcas de las mujeres, hoy día, son las mismas —o superiores— que las de los machos certificados que participaron en los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936. Una evolución extraordinaria, señoras y señores. Imaginen los esfuerzos, la entrega, la voluntad y la disciplina de estas competidoras para establecer estos nuevos paradigmas. Aunque, lo dicho: es la época que estamos todos viviendo.
Ahora bien, creo que hay una esfera de la actividad humana en la que estas verificaciones no son aplicables. Me refiero, en concreto, al sector de los entrenadores de futbol o, como se dice ahora, los “directores técnicos”. Y es que pareciera que hay una carencia, una escasez universal de estos sujetos. Qué fenómeno tan raro, oigan.
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