Muchas voces pronosticaban que el pasado Mundial iba a ser un fracaso. El tema de que no participaran únicamente los equipos más poderosos del planeta sino que la competición estuviera plagada de segundones hacía que comentaristas de probada exquisitez y aficionados de cepa pura cuestionaran la calidad del espectáculo futbolístico.
En el mejor de los casos, los criticones resolvían la cuestión avisando de que no se dignarían a seguir los partidos en la fase de grupos, salvo aquellos que estuvieran protagonizados por equipos de cierto relumbrón o en los que participaran sus muy patrióticas selecciones nacionales. Ya luego, llegado el momento de que las grandes potencias se enfrentaran en la cancha, mirarían las trasmisiones en la tele o, los más provistos de plata contante y sonante, se apoltronarían en las gradas de los estadios.
Pues resultó que la reciente competencia futbolística resultó un éxito clamoroso, señoras y señores. Asistieron casi siete millones de aficionados (6,810,966 según aparece en algunos sitios) y el promedio por partido fue de 65 mil espectadores, una cifra impresionante de verdad siendo que en muchos de los mundiales anteriores habíamos visto numerosas tribunas vacías.
En lo que toca a las ganancias, fueron las mayores de toda la historia de los campeonatos, ni más ni menos que 15 mil millones de dólares. El hecho de celebrar 104 partidos, justamente por contar con la participación de 48 equipos, hizo muy seguramente que a la caja registradora le entraran tan pletóricos caudales.
El mérito, pues sí, es del señor Infantino, escoltado por una corte de muy eficaces pretorianos. A partir de ahí, sus posteriores actuaciones, tan cuestionadas por algunos aspirantes a desbancarlo de su puesto, terminan por no ser ya tan pecaminosas, más allá de las arremetidas de doña UEFA y de ciertos directivos.
La FIFA no es un organismo gubernamental ni una corporación regida por el Estado sino una entidad privada. Monopólica de los pies a la cabeza, es cierto, y por ello mismo –y por la consecuente facultad que tiene de aplicar sanciones o, de plano, de apartar a los posibles querellantes— es que la práctica mayoría de los directivos de las Federaciones y las diferentes asociaciones futbolísticas del universo futbolístico se pliegan a sus designios.
Y, bueno, el hecho de que Infantino haya intentado vender por sus pistolas y a puerta cerrada una parte de los derechos comerciales del Mundial generó una ola de rechazo en la comunidad del balompié, encabezado el repudio por la referida UEFA, hasta el punto de que la confederación del Viejo Continente ha emprendido acciones para entablar una denuncia penal en los tribunales suizos.
Pero, ¿cuál era el propósito del presidente de la FIFA, más allá de asegurarse, como dicen sus detractores, un salario de 30 millones de dólares como mandamás de la nueva división? Pues, pretendía que la organización basada en Zurich recaudara más de 4 mil millones de billetes verdes y que las federaciones más modestas, las de los países pequeños y de poco calibre futbolístico, se beneficiaran económicamente.
No parecía, a decir verdad, un plan tan siniestro y por ello mismo los procederes en su contra no están prosperando.
Después de todo, a lo mejor hay Infantino para rato.