El diario español El País consigna el “enorme hueco” que la temporal ausencia de López Obrador deja en las filas de la izquierda mexicana radical. No es de extrañar este vacío porque así funcionan las figuras providenciales y los caudillos: no solo no hay quien los pueda sustituir, sino que no debe haberlo. Por eso mismo buscan perpetuarse en el poder, a la torera, para no tener que soportar, en vida, la existencia de un posible segundón que les haga sombra y, sobre todo, que les desposea, así sea mínimamente, de ese poder terrenal que tan ardorosamente han perseguido, a lo largo de años anteros, para irlo acrecentando luego, sin ninguna atenuación posible, hasta disfrutar de facultades absolutas, totales, generales, integrales, plenas y rotundas.
No digo, naturalmente, que nuestro hombre, que va de luchador social y defensor de los pobres, haya pretendido, en algún momento de su larga carrera política, apoltronarse indefinidamente en cierto cargo de elección popular. Es más, ni siquiera llegó a ocupar La Silla, con eso de que, en democracia, una diferencia mínima en las votaciones decide el resultado, aunque él mismo no lo haya querido reconocer en ese involuntario papel de mal perdedor que jugó y que tantísimo daño le ha hecho a nuestros organismos electorales y a una sociedad que, azuzada por el discurso del rencor y la desconfianza, está más dividida que nunca. Pero resulta un poquitín sospechoso, de cualquier manera, que Obrador se haya sentido obligado a aclararnos, sin que nadie se lo hubiera solicitado, que no tenía ninguna intención de “reelegirse”. ¿Quién diablos se lo había pedido y a quién le pasó por la cabeza, si ni siquiera obtuvo, para empezar, los votos suficientes para ser el jefe del Estado mexicano?
En fin, lo interesante es que, en el momento mismo en que el señor se eclipsa, por razones de salud, sale a la palestra un heredero suyo, de nombre Andrés Manuel López Beltrán, para tomar el relevo en el llamamiento a proseguir con la causa “antiprivatización del petróleo”. ¡Ole!