La Semana de Román Revueltas Retes

Buen Fin: el precipicio del consumo

Román Revueltas Retes

Vas andando por la calle y la gran mayoría de la gente con la que te cruzas pareciera aceptar las mismas reglas del juego. El vestir, para empezar: se han universalizado ciertas prendas. En cuanto a los artilugios electrónicos, los teléfonos móviles son llevados por todos. En el apartado de las conductas observables, muchas parejas se detienen a mirar los escaparates de los comercios. Y, bueno, el entorno está plagado de carteles que los anunciantes, suponemos, se toman la pena de colocar precisamente porque saben que tienen un mínimo impacto en personas que, además, han adquirido otra condición prácticamente planetaria, a saber, la de consumidores.

El mentado Buen Fin, con su estela de tentadoras ofertas, es eso antes que nada: una gran consagración de la compra, un ritual dedicado al consumo de objetos que, si lo piensas, no son particularmente necesarios ni mucho menos indispensables a la supervivencia de los individuos de la especie pero que han alcanzado la suprema categoría de cosas deseables en un sistema que, ahí sí, necesita estar produciendo productos de manera constante para preservar su propia viabilidad.

Ah, pero tenemos también la paralela existencia de sujetos que proclaman airadamente su descontento con este orden de cosas y que denuncian la perniciosa naturaleza del libre mercado. Y, cuando registras los hábitos que han adquirido ciertos sectores de la población y te das también cuenta de la importancia que tanta gente le da a cuestiones que no son verdaderamente importantes —o nada importantes, para expresarlo en términos absolutos— entonces te planteas, de la misma manera, muchas interrogantes sobre un modelo que, encima, resultaría que nos ha sido impuesto a los comunes mortales en las sociedades presuntamente posmodernas: entre otros posibles temas, ¿tan crucial se ha vuelto la necesidad de aparentar? ¿Qué tan satisfactoria resulta, en un plazo casi inmediato, la compra de una nueva pantalla plana o, más aún, la comprometida adquisición de un artículo de lujo? ¿Qué tan felices nos hace el consumo? ¿Por qué se ha vuelto más importante el tener que el ser? ¿Por qué somos tan irracionales, por no decir irresponsables, a la hora de usar las tarjetas de crédito? ¿De dónde viene esa oscura fascinación por la riqueza y de donde surge el impulso de emular, por lo menos a nivel de la apariencia, a los ricos? ¿Desde cuándo una pequeña asalariada dejó de cubrir sus necesidades inmediatas para proveerse, digamos, de un bolso de Louis Vuitton? ¿En qué momento fue que el universo de Chanel comenzó a estar presente en la realidad de las clases populares y formó parte de eso que los vendedores califican con el horrendo palabro de “aspiracional”?

No es algo que tenga lugar en las escuelas públicas —todavía no, aunque no lo sabemos realmente— pero los chicos en los institutos privados compiten desalmadamente para llevar los últimos trapos de moda o para exhibir el iPhone 11. Se ha creado en esos centros escolares un asfixiante espacio de crueldad en el que quienes no tienen unos padres con la billetera bien provista son implacablemente excluidos. ¿Qué tipo de adultos serán los mocosos arrogantes que ningunean a los que no exhiben botines de diseñador o camisetas con el maldito logotipo de la marca obligatoria? Es decir, ¿qué tan vacíos y frívolos podemos ser como individuos integrantes de una sociedad? Y, sobre todo, ¿por qué tienen que pagar tan alto precio quienes no tienen los medios para seguir participando en tan absurda y estéril carrera?

Lo más escandaloso es que todo esto ha sido diseñado y programado por terceros para seguir llenando las cajas registradoras de las grandes corporaciones (o sea, de sus accionistas y de unos ejecutivos que perciben colosales ingresos) sin que parezca importarles la siniestra deriva despersonalizadora de la gente y sin que les inquieten las consecuencias de crear un mundo de valores completamente distorsionados, un laboratorio de meros compradores indiferentes a la esencia primigenia de sus semejantes y capaces únicamente de identificarse —en una fugaz y infecunda comunión— con los vacuos embajadores de las marcas de lujo.

Escribe esto un liberal militante y un ferviente valedor de la economía de mercado que, sin embargo, se pregunta de pronto si este camino no nos estará llevando a un infierno de deshumanización, desprecio y exclusión, a un régimen escalofriante impuesto por los falsos dioses del consumo.

En un primer momento, el impulso de los humanos fue asegurar la simple satisfacción de sus más apremiantes necesidades. El sello más infamante de la pobreza extrema es precisamente ése, a estas alturas: una vida cuya cotidianidad se dirige a asegurar en todo momento lo puramente esencial, sin espacio para experiencias más desarrolladas. Pero en cuanto los individuos comienzan a ascender en la escala social sus aspiraciones se van contaminando, por decirlo de alguna manera, y terminan siendo sujetos anhelantes en permanencia. La verdad de la vida no está ahí, desafortunadamente. Que alguien mida la felicidad cabalmente proporcionada por el Buen Fin, por favor. 

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