Cambiar a los mexicanos para que cambie México

Ciudad de México /

Llegados a este punto, en un país infestado de criminales, podemos preguntarnos cómo vamos a emprender el camino de vuelta.

Parece un tanto exagerada la sentencia con la que comienzan estas líneas pero si advertimos meramente el tema de la corrupción, una de las plagas bíblicas que nos azotan, y colocamos a los corruptos en el apartado de los delincuentes, entonces el porcentaje global de deshonestidad de México se eleva sustancialmente.

Habrán ustedes escuchado anécdotas de viajeros, al volver de Japón, reseñando que el bolso que dejaron en la banca de un parque o el celular que olvidaron en cualquier lado les fueron escrupulosamente devueltos, la billetera con todas las tarjetas y el teléfono móvil intacto. Robar, en el Imperio del Sol Naciente, no es parte de la cultura local de la misma manera que mendigar en las calles significa tal deshonra personal que nadie lo hace.

Estamos hablando de los rasgos que definen una personalidad originaria, con todo y que las comparaciones entre una colectividad nacional y otra puedan resultar no solo incómodas sino ofensivas para algunos.

El asunto tiene que ver con la identidad global que haya podido formarse en un país a partir de la consagración de ciertos valores y, sobre todo, de la capacidad que tenga una sociedad para transmitirlos.

En este sentido, creo que podríamos hablar del estrepitoso fracaso, en estos territorios nuestros, en la transferencia universal de principios morales. Algunos analistas dicen que ha fallado la familia, otros hablan del desmoronamiento de la Iglesia, ciertos más invocan la malignidad del consumismo, en fin, el hecho comprobable es que nos encontramos sumergidos en un lodazal de conductas delictivas y violencias.

Es un simple tema de números y mediciones, por más que pretendamos eludir la constatación de tan perturbadora realidad.

En algún momento, uno de los presidentes de México acuñó la sentencia de “renovación moral de la sociedad” para pregonar públicamente una de sus líneas de acción gubernamental. Fue en 1982, miren ustedes, con Miguel de la Madrid al mando, así que la cuestión lleva ya un buen tiempo en la agenda siendo, además, que las cosas están peor, mucho peor ahora que en aquel entonces.

La gran interrogante, partiendo de la premisa de que un país es esencialmente la gente que lo habita, es por dónde vamos a comenzar. Ustedes dirán…


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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