Por nuestras venas corre sangre española. Naturalmente, llevamos genes amerindios, la mitad o poco más, pero el resto del genoma de los mexicanos está hecho de cuños ibéricos, o sea, aragoneses, extremeños, valencianos, gallegos y, por ahí, vascuences y catalanes, por aquello de que algunos aventureros extraviados provenientes de la periferia peninsular hayan podido sumarse a las huestes de Cortés.
Justamente, y más allá de que muchos sujetos de la soldadesca castellana hayan podido amancebarse con doncellas mazahuas, tlahuicas o, recién desembarcados de sus naves, con huastecas o tepehuas, el primer mexicano de la historia, en tanto que figura simbólica del mestizaje, vendría siendo Martín Cortés, con el permiso de ustedes, hijo, justamente, de Hernando Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano, y Malintzin, mujer de la nobleza nahua vendida como esclava por su propia familia y ofrecida luego a las fuerzas conquistadoras como botín al intentar Tabscoob, el cacique chontal derrotado en la batalla de Centla, contentar a sus
vencedores.
El aplastante episodio de la llegada española a estas tierras lo seguimos teniendo atravesado en nuestra esfera emocional y el resentimiento, aderezado del victimismo de rigor, nos ha sido espoleado desde temprana edad, en las clases de historia del colegio, donde los expedicionarios de la Corona de Castilla aparecen como un tropel de despiadados salteadores dedicados únicamente a expoliar las riquezas de la noble
nación azteca.
Repudiamos entonces al padre y a la propia Malintzin, bautizada cristianamente como Marina, la hemos reducido al infamante cometido de una traidora, desconociendo su papel de intérprete, consejera política y pieza fundamental en la derrota de los mexicas que sojuzgaban cruelmente a unos pueblos, más de 400, a los que exigían no sólo el asfixiante pago de tributos sino que les fueran abastecidos prisioneros, seres humanos vivos, para ser sacrificados en sus ceremonias religiosas.
Y sí, México como tal no existía entonces sino que estaba conformado por un profuso enjambre de señoríos y altépetles (plural, utilizado en este texto en español, del término náhuatl altépetl, que designaba a las ciudades-Estado de Mesoamérica), una geografía tan diversa y fragmentada —con sus propias leyes, gobernantes, costumbres y demarcaciones territoriales— que explica por sí sola la victoria militar consumada por Cortés, en tanto que negoció el hombre la alianza con las provincias oprimidas para que se rebelaran contra el avasallador dominio centralistas de Tenochtitlán.
¿Sería la Conquista, entonces, una guerra de liberación de la mayoría de los pueblos originarios en lugar de la ignominiosa aniquilación de la nación mexicana? Vistas las cosas así y tomando el partido de los totonacas, zapotecos, xochimilcas, matlatzincas, chalcas y otros tantos tiranizados por los mexicas, podríamos actualizar nuestras informaciones y, tal vez, reconciliarnos un poco con la figura del maligno conquistador.
Ah, pero de una manera u otra, somos hijos del mestizaje, eso no cambia…