El hijo de un conocido cursaba el segundo año de sus estudios superiores en Ciudad Guzmán, Jalisco. Ocurrió que unos miserables, presuntos miembros del Cártel Jalisco Nueva Generación (o, muy probablemente, integrantes plenos de la siniestra organización), lo habían estado extorsionando. El muchacho había ya apoquinado 100 mil pesos. Al enterarse el padre, afincado en Colima, fue por él y dispuso una especie de fuga nocturna, así de atemorizados estaban, para llevárselo a Ciudad de México.
Este es apenas uno, uno nada más, de los otros miles y miles de pavorosos sucesos que acontecen y que son ya parte de la monstruosa —ésa es la palabra— normalidad que estamos viviendo en México: extorsiones a gran escala y los corolarios de no pagar la cuota exigida: secuestros, ejecuciones, negocios incendiados y, más allá de la barbarie, el desplome de la actividad económica en regiones enteras del territorio nacional, precisamente aquellas donde mandan y capitanean los delincuentes, porque mucha gente cierra simplemente sus locales comerciales, no sigue con sus actividades y deja inclusive el terruño para establecerse en otros lugares.
¿Qué viabilidad puede tener una nación así? ¿Eso es lo que somos como país? ¿Tendremos algún futuro si las cosas no cambian de raíz? ¿Van a aterrizar aquí las ansiadas inversiones siendo que a diez ingenieros de una corporación minera los asesinan por no acceder la empresa al pago exigido por los criminales, que a los transportistas los asaltan en las carreteras, que miles de personas desaparecen pura y simplemente, que los materiales de construcción son vendidos por los diferentes cárteles y, entre tantas otras de las plagas bíblicas que nos azotan, que las fuerzas policíacas están infiltradas por los delincuentes y que en las mismísimas aduanas hay que pagar sobornos para poder liberar las mercancías, por no hablar de lo colosalmente corrupta que es la actual clase gobernante?
Estamos hablando de una escalofriante podredumbre, señoras y señores, y de lo inaceptable que resulta vivir rodeado de asesinos y criminales de toda estofa pero, sobre todo, de la atroz realidad del dolor, del sufrimiento del minero ejecutado, del comerciante al que le cortan una oreja o de la mujer torturada, del quebranto de sus deudos, del duelo de familias enteras. Esto no puede ser…