¿El horror es parte de nuestra normalidad?

Ciudad de México /

Este país, el nuestro, es un escenario de cotidianas atrocidades: ejecuciones, feminicidios, desapariciones de personas y secuestros perpetrados, se dice, por el tal “crimen organizado” pero también por individuos particulares cuya vileza ha florecido al amparo de la impunidad que les garantiza un sistema judicial tan podrido como inoperante.

La gran pregunta —estando los mexicanos atenazados, literalmente, por el terror—, es por qué no tiene lugar una movilización masiva para exigirles a los encargados de la cosa pública que cumplan con la primerísima de sus responsabilidades, a saber, la de garantizarles a los pobladores de la nación la seguridad que merece todo ser humano en una sociedad civilizada.

Justamente, ya no son estos los tiempos bárbaros en los que primaba la ley del más fuerte sino que vivimos en una época que ha consagrado, de manera natural y universalmente aceptada, derechos y potestades a los ciudadanos.

La lógica de la cotidianidad no es sobrellevar las durezas de un entorno peligroso o estar expuestos a ser matados a la vuelta de la esquina. Lo normal es poder salir a la calle con toda tranquilidad, viajar a otras ciudades sin temor alguno, no ser extorsionado por ser dueño de un pequeño negocio o, tratándose de las mujeres —que son más de la mitad de la población, miren ustedes— no ser raptadas o asesinadas o violadas como si fueran ellas, antes que nada, víctimas designadas de la brutalidad masculina y no personas dueñas de su soberanía.

Es evidente que en México conllevamos un muy alarmante déficit de ciudadanía siendo, a la vez, que la cultura de la protesta está, paradójicamente, muy arraigada en ciertos grupos sociales. Pero, no salimos a votar, no cumplimos con nuestros deberes cívicos, nos desentendemos del bien común y cultivamos un individualismo muy pernicioso en tanto que nos aleja del espíritu comunitario.

La delincuencia galopante que padecemos se deriva también de una pérdida colectiva de valores y del estrepitoso fracaso del proyecto educativo nacional. Las propias escuelas, cuyo equipamiento no es de por sí sobradamente adecuado, son saqueadas durante los períodos vacacionales y los chicos, al volver, se encuentran con que no hay siquiera llaves en los lavabos, por no hablar de la única computadora con que se contaba en el despacho del director.

La escalofriante violencia que se vive en regiones enteras del territorio nacional no es la única plaga que nos azota sino que la criminalidad de a pie, por llamarla de alguna manera, afecta a millones de vecinos de pueblos y ciudades, gente que vive fortificada en sus casas y que no sabe si, al volver, se encontrará con que sus pertenencias, adquiridas a lo largo de años de esfuerzos, les han sido escamoteadas por los ladrones.

¿Vamos a seguir aceptando que todo esto sea parte de nuestra normalidad?


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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