En el tema de repartir culpas, los adalides de doña 4T son unos verdaderos expertos (si es que se les pudiere adosar tan elogioso adjetivo a quienes lo primero que hacen es buscar excusas para evadir sus responsabilidades).
Los señalamientos, las denuncias y todas las acusaciones imaginables se dirigen siempre hacia un ex presidente que dejó el poder hace 13 largos años y cuyo primerísimo pecado, miren ustedes, no fue emprender una guerra frontal para restaurar las potestades del Estado frente al crimen organizado —atendiendo, además, el llamado de un gobernador perredista, de nombre Lázaro Cárdenas— sino haberle ganado las elecciones a un mal perdedor.
A partir de ahí, mereció el calificativo de “espurio” y sus adversarios, azuzados por un cabecilla que no tuvo reparo alguno en descalificar nuestras ejemplares instituciones electorales y dinamitar la confianza ciudadana, se dedicaron a sembrar infundios —jamás de los jamases lo vimos alcoholizado ni titubeante al presidente— y a desacreditar todas y cada una de las acciones que pudiere emprender, entre ellas, justamente, la referida batalla en contra de los delincuentes, a la que le aderezaron la expresión “los muertos de Calderón” para dejar bien asentada la malignidad del personaje.
Por cierto, ¿esos señalados muertos, cuántos fueron? Hubo 120 mil asesinatos en su sexenio, una cifra, es cierto, abracadabrante. No paró ahí la cosa, sin embargo: durante el mandato de Enrique Peña, los homicidios sumaron 156 mil. En fin, uno pensaría que el advenimiento del régimen liderado por el caudillo salvador hubiera debido cambiar esa siniestra realidad. Pues no, señoras y señores: casi 200 mil compatriotas nuestros fueron asesinados de 2018 a 2024. ¿Calderón tiene la culpa, aquí y ahora?
Se llega al gobierno para resolver los problemas, no para acusar aviesa y torcidamente a los antecesores. El tema, en estos mismos momentos, es que López Obrador ya es un antecesor y que se le pudiere, justamente, pasar la factura de los desempeños del actual gobierno y sus catastróficas consecuencias: falta de medicamentos, rebrote del sarampión, terrorífica inseguridad, raquítico crecimiento económico, alarmante incertidumbre jurídica…
Ocurre que no. No es la herencia directa de Obrador. El malo del cuento sigue siendo el otro, un tal Calderón. Ah…