Así de sorprendente como parezca, en varios momentos ha habido en Francia propuestas para cambiar la letra de ‘La Marsellesa’, el himno nacional de la nación gala. No han sido iniciativas como las que promueven ahora los mentados movimientos woke y la prohibicionista “cultura de la cancelación” para desagraviar a quienes se sienten ofendidos por todo sino que ya desde 1840 el poeta Alphonse de Lamartine había escrito una tal “Marsellesa de la paz” a manera de alternativa para contrarrestar un texto que le parecía excesivamente beligerante.
Christiane Taubira, la propia ministra de Justicia de la République Française durante el mandato de François Hollande y los gobiernos de Jean-Marc Ayrault y Manuel Valls, se negó en alguna ceremonia a entonar las palabras de un himno que está inscrito en el artículo 2 de la Constitución de aquel país (imaginen ustedes las consecuencias de que pudiere acontecer un episodio parecido aquí). Y otros detractores condenan la presunta esencia “racista, sanguinaria y xenófoba” de una letra que no sería ya de nuestros tiempos.
El asunto, más allá de que el pueblo francés siga vocalizando gallardamente un canto revolucionario que ha inspirado inclusive a los combatientes libertarios de otras naciones, es que la desacralización del pasado pueda tener lugar en un país sin que sus impulsores sean quemados en la hoguera pública, por decirlo de alguna manera, justamente porque esa sociedad y sus dirigentes políticos no centralizan su mirada en una historia patria que sería el principio y fin de todas las cosas sino que han elegido el presente –es decir, la modernidad y sus valores— como punto de partida para edificar un mundo mejor.
Pues, justamente, en lo que toca a denunciar la posible malignidad de ciertas tradiciones republicanas o de algunas figuras históricas, un personaje como Francisco Villa debería de ser uno de los primerísimos en merecer la remoción de su lugar en la galería de los próceres consagrados: asesino y sanguinario, carece de cualquier ejemplaridad y el hecho de que el oficialismo le haya dedicado este año de 2023 viene siendo tan inmoral como pernicioso para nuestra vida pública.
Lo que pasa es que en Estados Unidos Mexicanos la historia, así sea con sus episodios más oscuros, es la religión de la que se sirve el poder.