La era del descontento (I)

Ciudad de México /

El mundo nunca ha estado mejor: a nivel global hay menos pobreza, menos guerras, menos violencia y menos injusticia que en cualquier otro momento de la historia. Es cierto que se pueden evocar, ahora mismo, las atrocidades que cometió Hamás o, en paralelo, el sufrimiento de los civiles bombardeados en la descomunal ofensiva emprendida por las fuerzas israelíes en Gaza, por no hablar de las masacres de ucranianos perpetradas por la soldadesca rusa o de los reclutas enviados al matadero por órdenes de Putin.

Los pobladores de muchas naciones del planeta, sin embargo, no están necesariamente horrorizados por estos acaecimientos sino que su descontento resulta, antes que nada, de una cotidianidad que no es vivida como algo satisfactorio sino que se experimenta a través del resentimiento.

Este gran enojo colectivo se manifiesta sobre todo en un creciente rechazo a la clase gobernante y ha llevado a que sujetos de muy dudosa catadura moral —o, en todo caso, carentes de las cualidades que habitualmente se le pueden atribuir a los hombres públicos—  sean consagrados como líderes supremos en diferentes países, para sorpresa de los sectores de la sociedad que nunca votarían por un extremista, por un provocador o por un radical.

Las raíces de esta rabia ciudadana son un tanto inasibles, inclusive para los estudiosos de los fenómenos sociales, pero es un hecho que el bienestar que disfrutan los habitantes de las naciones más prósperas y desarrolladas no es ya un factor que pueda mitigar el enojo.

La oferta que los nuevos caudillos ponen a disposición de los votantes lleva siempre un componente revanchista y ellos se presentan como los encargados directos de la reparación final, luego de explotar calculadamente los sentimientos de agravio que anidan en el corazón de los insatisfechos. Cuando un Trump proclama Make America great again está insuflando, en el pueblo de los Estados Unidos, la percepción de que la ancestral grandeza de la nación se perdió en el camino. Y, miren, tan alarmante advertenciale sirve, de pasada, para señalar a los primerísimos culpables de la debacle, a saber, sus oponentes en la arena política.

No sería nada rentable la propuesta populista, sin embargo, si no existiera previamente un gran enojo ciudadano. Seguimos con el tema en el próximo artículo, amables lectores.


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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