Así de desprendido como es el régimen de doña 4T y, a la vez, así de manirrotos como hayan sido los cabecillas del denostado PRIAN en el tema de subvencionar a la dictadura cubana —invocando, los de ahora, razones humanitarias y, los de antes, los manidos principios de la política exterior mexicana, aderezados de “soberanía” y de una “Doctrina Estrada” tan flexible como nebulosa— resulta que nuestro pueblo está tan, pero tan necesitado de asistencias que eso de andar regalando petróleo, víveres, medicamentos y cobijas a terceros como que no acaba de entenderse.
O, en todo caso, no solo brindar ayuda a los castristas sino auxiliar también a la gente de Haití, Yemen, Burundi y Somalia, países pobrísimos. Y eso, habiendo socorrido primeramente a los compatriotas que pueblan las serranías de Guerrero, el Nayar, la Mixteca y los Altos de Chiapas, entre otras de las regiones con los mayores índices de pobreza del territorio nacional.
En fin, no es que nuestros responsables políticos respondan a los llamados del corazón, por más que nos quieran engatusar a punta de retóricas y grandilocuencias, sino que siguen doctrinariamente los dictados de sus imperativas ideologías —el retador nacionalismo revolucionario de los priistas o el socialismo populista que profesa el nuevo partido oficial—, desdeñando olímpicamente el más supremo e inapelable de los principios, el de realidad.
Dejando de lado a Peña, Fox y Calderón —benefactores también del hermano pueblo de Cuba aunque no tan pretendidamente humanistas— los filántropos de turno son mucho más proactivos y generosos pero, qué caray, tienen a Donald Trump a la vuelta de la esquina, aprestado a utilizar su arsenal de aranceles para poner a cada quien en su lugar. Hasta ahí nuestra cacareada soberanía, señoras y señores, hasta toparse con la pared del poder imperial.
Es posible, sin embargo, mirar las cosas de otra manera. O sea, celebrar el saludable pragmatismo de quienes deciden no seguir escenificando las luchas revolucionarias de sus tiempos estudiantiles y olvidar —por pura conveniencia pero, sobre todo, por anteponer los intereses superiores de la nación— los dogmas y las doctrinas.
Más allá de que el envío de hidrocarburos a la isla caribeña les meta ruido a nuestros vecinos del norte, la evocación oficialista del mentado “humanismo mexicano” no resiste el embate de los hechos: ¿qué tan humano ha sido privar de medicamentos a los niños con cáncer? ¿Son mínimamente humanos los servicios de salud que tenemos en este país? ¿No es descomunalmente inhumano que un millón de mexicanos (200 mil asesinados y 800 mil fallecidos por la manera en que el infame López-Gatell gestionó la pandemia del SARS-CoV-2) hayan muerto en el pasado sexenio?
Tan humanos son los jerarcas morenistas que encarcelan al primero que encuentran abajo, un maquinista con 26 años de servicio, y encubren a sus pares de arriba, con 14 cadáveres a cuestas. Ustedes dirán…