La muy extraña rentabilidad de destruir y matar gente

Ciudad de México /

Los aliados, en la Segunda Guerra Mundial, bombardearon inmisericordemente Alemania para forzar la rendición de Hitler y los suyos. La portentosa catedral de Colonia no fue destruida porque, según parece, servía de faro a los aviones de la Royal Air Force y de la fuerza aérea de los Estados Unidos (es tal vez una leyenda pero, bueno, sigue en pie).

En las últimas semanas de la contienda, con la nación germana ya totalmente arrasada, la ciudad de Dresde fue también demolida por los explosivos que soltaban los B-17, los B-24 y los Avro Lancaster británicos, siendo que no tenía ningún valor estratégico. Ocurrió por pura afición, podríamos entonces decir o, según sostienen otras voces, porque a los estadounidenses les sobraban bombas.

Estamos hablando del bando de los buenos, señoras y señores, dedicados a devastar ciudades habitadas por civiles para doblegar a un monstruoso dictador, ciertamente, pero sin demasiados problemas de conciencia en lo que toca a la muerte de mujeres y niños (no quedaban ya jóvenes ni hombres adultos en las urbes, caídos todos en el frente).

En lo que toca a otros horrores oportunamente justificados por sus perpetradores, la capitulación de los japoneses, anunciada por el emperador Hirohito el 15 de agosto de 1945, tuvo lugar poco después de que cayeran bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. El calculado propósito de los estrategas liderados por el presidente Harry S. Truman, fue matar a miles y miles de personas perfectamente inocentes —pequeños que acudían al colegio, pacientes en los hospitales, mujeres embarazadas, bondadosas abuelas, médicos y, pues sí, alguno que otro combatiente por ahí— para que una atrocidad tan colosal llevara a la rendición de los nipones.

Así era la guerra en aquellos tiempos, señoras y señores, antes de que fuéramos tan civilizados como ahora. Pero, miren ustedes, ocurre, en estos mismos momentos, que Donald Trump amenaza con destruir instalaciones civiles —plantas desalinizadoras, centrales eléctricas, depósitos de agua y, desde luego, refinerías e instalaciones petrolíferas— y no dejar piedra sobre piedra en Irán.

Los clérigos que llevan las riendas de la República Islámica son muy siniestros sujetos, es verdad: masacraron ya a unos 30 mil compatriotas suyos en las protestas de enero. ¿Lograrán las fuerzas de Trump aniquilar a más gente? Se aceptan apuestas…


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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