La tragedia, todos los días

Ciudad de México /

Millones de mexicanos han emigrado a los Estados Unidos y otros tantos millones quisieran establecerse en ese país. Así sea que muchos de los que han dejado el terruño carezcan de cualificaciones profesionales o que tengan un bajo nivel educativo, encuentran de todas maneras allá condiciones lo suficientemente buenas como para vivir dignamente y, además, enviar cada mes dinero a los familiares que se han quedado en sus tierras de origen.

Quienes señalan que la educación no es forzosamente la gran herramienta para impulsar la movilidad social —una afirmación que desconoce flagrantemente la premisa de que un individuo con conocimientos es un ciudadano más pleno— podrían tal vez sustentar su postura en el hecho de que esos compatriotas de escasa escolaridad logran obtener salarios relativamente buenos de todas maneras. Pero, justamente, en la ecuación se aparece otro factor, a saber, el capitalismo triunfante como un modelo para procurar bienestar, así sea que en nuestro vecino país del norte existan capas de la sociedad que viven en la pobreza.

En todo caso, esos referidos paisanos nuestros han aspirado, durante décadas enteras, a ser parte de ese mundo, a vivir el mentado “sueño americano” hasta el punto de que casi 40 millones de personas de origen mexicano pueblan el territorio continental de los USA.

Nuestros compatriotas se van, pero, ahora mismo, miles de emigrantes de muchas otras proveniencias están cruzando el territorio de México para llegar hasta la frontera norte: huyen de la desesperanzadora pobreza que azota a sus naciones, de unas vidas sin futuro alguno, de las durezas que imponen los regímenes dictatoriales y, también, de la terrible violencia criminal.

La gran vergüenza, para esta nación, es el incesante acoso que sufren esas personas a partir del momento en que ponen un pie en suelo mexicano. Llevadas por la desesperación, son las más desamparadas de este mundo, viajando sin otra cosa que algunas pertenencias y respondiendo, por no tener ya prácticamente nada que perder, a la férrea obstinación de poder construirse, a estas alturas todavía, una vida de bien en un país menos canalla. Pues, miren ustedes, no sólo son las primeras víctimas de los delincuentes que pululan en estos parajes, sino que son extorsionadas por los propios agentes gubernamentales, miserables sin corazón que les abren el paso solamente a cambio de los contados billetes que esa pobre gente lleva encima.

Al final de su inclemente odisea, luego de haber dejado miles de dólares en el camino, dinero que han juntado a lo largo de años enteros de denodados esfuerzos, se encuentran ya a las puertas de la tierra prometida, pero, nuevamente, a merced de todas las adversidades imaginables: anteayer, una joven mujer cubrió a su hija con un cartón para pasar por debajo de una alambrada de púas y, poco antes de lograr atravesar el obstáculo, la nena se atoró. Su madre ya no hizo nada: rompió a llorar. Y nosotros, testigos impotentes de la tragedia, lloramos con ella.

  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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