Llevamos 50 años con los mismos problemas

Ciudad de México /

Llevamos décadas enteras enfrentando los mismos problemas. Algo no ha funcionado en este país. Hace cincuenta años sobrepasábamos a Corea del Sur en el renglón del desarrollo económico y, miren, ellos tomaron el camino correcto —apostaron por la educación de sus ciudadanos, invirtieron sabiamente las rentas de la nación, crearon sectores altamente productivos y, sobre todo, instauraron un modelo de reglas claras y certezas jurídicas— mientras que nosotros seguimos empantanados en la cotidianidad de la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades: no es un logro a presumir que los mexicanos hayan enviado millones y millones de dólares desde Estados Unidos. Al contrario, es una gran vergüenza nacional que esos compatriotas hayan tenido que migrar para buscarse un futuro mejor. ¿Por qué no se quedaron aquí al lado de los suyos, por qué no permanecieron en la tierra que los vio nacer? Pues porque no hay empleos bien pagados, no hay espacios abiertos donde puedan florecer las iniciativas de quienes pretenden progresar y no hay posibilidades de mejorar las condiciones de vida: no se premia el esfuerzo personal y no se promueve a los emprendedores.

En lugar de facilitar la creación de riqueza hemos creado un enmarañado sistema de estorbos burocráticos, en el cual el primer beneficiario es el empleado gubernamental —el inspector, el agente, el delegado, el aduanero, el revisor, el verificador—  dedicado pura y simplemente a la extorsión, sirviéndose abusivamente de las credenciales con las que intimida al indefenso ciudadano. Para abrir un pequeño negocio debes completar un laberíntico proceso de tramites kafkianos inventados expresamente para complicar las cosas, un absurdo catálogo de requerimientos (que puedes destrabar, desde luego, a punta de sobornos y “gratificaciones”).

Pero no es solamente la corrupción la que está detrás de este nefario modelo: padecemos todos las consecuencias de una cultura nacional que promueve las facultades de quienes ejercen el poder, así de mínimos como sean sus cargos y así de minúsculas como sean sus atribuciones (este esquema lo podríamos representar atinadamente con la frase “aquí mando yo”), en detrimento de quien solicita meramente un servicio o de quien reclama el cumplimiento de una asistencia (a la que, encima, tiene derecho).

Hay otro tema: se puede tal vez cuestionar, sobre todo desde la perspectiva de la globalización y el libre comercio, el proteccionismo que practicaron los mentados surcoreanos al impulsar sus grandes corporaciones locales. Pero no tomaron nunca medidas para proteger sectores industriales improductivos, sino para promover la competitividad global de su economía.

Aquí, socorremos a los ineficientes. Y, miren, así nos va.

Seguimos, por una razón u otra, con los mismos problemas de siempre.


Román Revueltas Retes 

revueltas@mac.com

  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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