En tanto que futbolero irredento y capitalino de origen antiguamente afincado en el Reino de Bélgica, este escribidor, más allá de estar enganchado al Mundial, sigue muy de cerca los desempeños de Les Diables Rouges, el equipo nacional de ese pequeño gran país.
Los tales “diablos”, en su momento, llegaron a figurar en el segundo puesto de la clasificación planetaria de doña FIFA, justo por debajo de la arrogante Francia, pero ahora no están viviendo sus mejores tiempos: han cosechado, por así decirlo, dos cicateros empates en un grupo de muy medianos tamaños, primeramente contra Egipto y, anteayer, frente a Irán (con perdón de esos persas con los cuales hemos sido tan hospitalarios en la septentrional Tijuana).
El tema es la ferocidad de la prensa belga: Het Laaste Nieuws, un diario en habla flamenca, titula “¡Vergonzoso!” en primera plana; La Libre Belgique, un tanto más mesurados sus redactores, pone que fue “Una gran desilusión”; en fin, la arremetida contra los futbolistas es realmente furiosa.
Muy bien, pero entonces, ¿cómo han reaccionado los jugadores y el propio entrenador? Pues, han exhibido enojo y amargura pero no han respondido de manera desafiante. Les mete mucho ruido la rudeza de la prensa, muy seguramente. Sin embargo, en momento alguno han invocado la especie de que los periodistas pudieren ser parte de alguna trama enemiga, de que oscuras fuerzas movieren los hilos de la crítica o de que alguien estuviere financiando una antipatriótica campaña en su contra.
Es un tanto caprichoso alzar un paralelismo entre lo que tiene lugar en el ámbito deportivo y los aconteceres en el turbulento mundo de la política, desde luego. Sin embargo, es justamente esa excepcionalidad, la de unos hombres públicos tan refractarios a los cuestionamientos que responden con tremebundas acusaciones y denuncias, la que aparece de pronto como una cuestión lo suficientemente insólita como para sacar provecho de una coyuntura futbolística y subrayarla.
Sobre todo aquí y ahora, oigan ustedes, encontrándonos los ciudadanos de este país amedrentados por un régimen que nos califica de traidores a la patria, de entreguistas y de “fachos” por poco que se nos ocurra alzar la voz para decir que faltan medicamentos, que la inseguridad es escalofriante y que un millón de compatriotas murieron durante el mandato del caudillo transformador. Pues eso.