Las elecciones ya tuvieron lugar en Venezuela y Edmundo González es quien debería estar ahora en la silla presidencial de la nación suramericana.
La cuestión es que el régimen bolivariano no sólo desconoció flagrantemente los resultados de las votaciones sino que el candidato opositor tuvo que exiliarse para no ser encarcelado. Un juez, respondiendo fulminantemente a la solicitud del Fiscal General de la República, lo acusó, entre otros cargos, de “usurpación de funciones, instigación a la desobediencia de las leyes, conspiración y sabotaje de sistemas”, delitos tan extraños cosmo fabricados a la medida de la dictadura socialista.
El primer paso, entonces, sería colocar al candidato ganador en el puesto y restituir así el orden de las cosas, recobrando la normalidad democrática en Venezuela.
Pues bien, no es tan sencillo el tema: Maduro gobernaba ciertamente con mano de hierro pero el chavismo, antes que nada, instauró un andamiaje entero de control regentado por los militares, una estructura de intereses y corruptelas muy difícil de desmantelar en los hechos.
Hay sistemas que espolean la vileza de los individuos más miserables de la especie, adormecida cuando el entorno condena la ruindad, pero magnificada al estar necesitado el poder de la muy rentable colaboración de los peores.
Una vez que la infamia ha sido consagrada como una suprema herramienta de dominio, la vuelta al redil de los ejecutores no resulta nada evidente.
Y, pues sí, la señora Delcy Rodriguez, encargada temporal de despacho sabe de qué va la cosa en su condición de jerarca asociada, y su complicidad con los agentes del proyecto totalitario la habilita para mediar entre los plenipotenciarios de Donald Trump y la jerarquía chavista en funciones, sin tener que deshacerse, por el momento, de los antiguos verdugos.
¿María Corina? Fuera del cálculo estratégico de Marco Rubio y sus consejeros. Pretenden que no ha preparado un equipo gobernante aunque el asunto no va por ahí, como hemos visto.
Y, bueno, no olvidemos también que Trump el Libertador sigue siendo el Trump de siempre: un sujeto que hubiera querido cosechar los laureles del Premio Nobel de la Paz obtenido por la gran luchadora social venezolana.
A veces, lo personal es, en efecto, político.