Las consultas populares que realiza el régimen de la 4T para detener inversiones productivas y cancelar proyectos sacan provecho de un rasgo de personalidad predominante en muchos mexicanos, a saber, la natural e impulsiva predisposición a decir no. Estamos hablando de algo que una gran mayoría de nosotros enfrentamos cada vez que intentamos hacer un trámite, obtener un servicio o hasta realizar una compra. Se nos aparece delante el encargado de turno y, por poco que le pidamos una información adicional, que pretendamos que nos facilite las cosas o que proceda meramente a cumplimentar la tarea correspondiente, su primerísima reacción será decirnos que no, que no se puede.
Es un tema, creo yo, de ejercer el pequeño poder que otorga la circunstancia —así de temporal y fortuita como sea— de que un tercero se encuentre de pronto a merced de las decisiones que pueda tomar el burócrata apoltronado detrás de la ventanilla o el dependiente encargado de atender a un cliente. Si posibilitaran tersamente la transacción estarían haciendo su trabajo y sanseacabó. No habría protagonismo alguno sino simple deber profesional y un mínimo espíritu de colaborar. Pero no les basta eso. Necesitan algo más. Tienen que dejar bien claro que allí mandan ellos, por más nimia e intrascendente que sea la diligencia que el sufrido usuario intenta concluir. Y así, para el consumidor que reclama la reparación de un artículo defectuoso, el ama de casa que acude a la agencia de la zona a aclarar el monto del recibo de electricidad o la dueña del negocio que desea obtener las autorizaciones requeridas para operar legalmente, la gestión no resulta casi nunca sencilla sino una auténtica carrera de obstáculos infranqueables, un frustrante viacrucis de impedimentos.
Hay holgazanería y dejadez, desde luego, en cierta gente encargada de dar servicio a los demás. La irresponsabilidad es también parte de la ecuación. Y, si lo piensas, el obstruccionismo es igualmente una revancha personal, un desquite. Pero existe también, en muchos mexicanos, el oscuro y atávico impulso de oponerse a prácticamente todo: a los cambios, a la modernidad y a la innovación bajo cualquiera de sus formas. Los presuntos transformadores del actual régimen lo saben muy bien, por lo que parece.
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