El pueblo de Irán salió a las calles, hace un par de meses, para manifestar su descontento ante un régimen de oscuros usos medievales que no solo impone asfixiantes costumbres a la población —no se han enterado, los ayatolas (o, más bien, no quieren enterarse) que las teocracias no tienen cabida en las sociedades civilizadas y democráticas— sino que no asegura siquiera una mínima estabilidad económica.
La respuesta de los clérigos fue absolutamente brutal: los agentes de la poderosa Guardia Islámica Revolucionaria y los esbirros comandados por la policía religiosa dispararon en contra de las multitudes, detuvieron a estudiantes, a mujeres insumisas, a activistas y a disidentes que fueron luego torturados en las mazmorras de la justicia islamista. Hubo una cifra escalofriante de víctimas: más de 30 mil muertos.
No están del todo claros los verdaderos propósitos de Donald Trump al lanzar su ofensiva en contra de la antigua nación persa —es un tema geopolítico de muchas vertientes donde el factor China juega un decisivo papel pero en el que figuran también los intereses de Benjamin Netanhayu y varios otros componentes— y tampoco parece demasiado beneficioso para el planeta que los precios del petróleo se vayan a ir por las nubes o que los prósperos Emiratos de la región afronten condiciones de preocupante inestabilidad.
La eliminación de la cúpula gobernante de Irán, sin embargo, es un hecho alentador en tanto que pudiere llevar al fin de la siniestra dictadura, más allá de la violencia del ataque mismo y de que una operación de esa naturaleza no se ajuste precisamente a las normas del derecho internacional.
Muy bien, se hizo justicia bajo los antiguos parámetros bíblicos del “ojo por ojo, diente por diente” y los asesinos fueron liquidados de un plumazo por las bombas y misiles que lanzaron los cazas de la aviación estadounidense-israelí. Pero, justamente, en esos ataques fue bombardeado un colegio y murió más de un centenar de niñas inocentes que no tenían responsabilidad alguna en las cuestiones estratégicas del Medio Oriente. Imaginemos, por un momento, las escenas: los cadáveres de las pequeñas yaciendo entre los escombros, unas pequeñitas con horribles heridas siendo conducidas al hospital, el inconmensurable dolor de los padres, en fin, el infierno mismo en la tierra que habitamos todos los humanos…
Así es esto, así es el mundo, hoy mismo y en estos precisos momentos: una pavorosa crisis humanitaria está teniendo lugar en Sudán del Sur (siete millones de personas, más de la mitad de la población, sufriendo hambre aguda), 72 mil civiles han muerto en Gaza (y las amputaciones pediátricas —o sea, de niños— son las más grandes de la historia) y aquí, en nuestro entrañable país, 200 mil mexicanos fueron asesinados en el pasado sexenio, hay centenares de fosas repletas de cuerpos e incontables desaparecidos son buscados por sus madres.
Aunque queramos mirar hacia otro lado, somos parte de la pavorosa estadística del horror mundial.