El caso de don Rocha Moya está dando un giro un tanto inesperado. Hasta ahora hemos visto que la cofradía morenista se rige, con perdón, por su muy particular omertà —ya saben ustedes, el código de honor de los mafiosos italianos, un juramento que les prohíbe tajantemente informar a las autoridades sobre sus cometidos delictuosos o colaborar en sus investigaciones— y que no responde a las acusaciones presentadas en contra de sus agremiados. Al contrario, los encubre y arropa: “¡No estás solo!”, bramaron a coro los legisladores del oficialismo, en las tribunas de la Cámara de Diputados, cuando al antiguo gobernador de Sinaloa comenzó a nublársele el horizonte por el tema de sus malas frecuentaciones.
Varios adalides de la 4T afrontan serias acusaciones de violación, de morrocotudos desfalcos y de abiertas complicidades con las organizaciones criminales. Pues, miren ustedes, no ha pasado nada, absolutamente nada, y los presuntos implicados siguen ahí, a su aire y tan campantes, sin que la muy independiente Fiscalía General de la República, tan pronta para encarcelar en implacables condiciones de aislamiento a un decentísimo exgobernador de oposición, ponga en marcha su maquinaria para investigarlos, mucho menos para formalizar las correspondientes inculpaciones.
Precisamente por esa manga ancha con los suyos —la “justicia” es para los demás, para amedrentar a opositores, para intimidar a los periodistas incómodos o para saldar cuentas con los que se les han atravesado en el camino— es que resulta muy extraño el distanciamiento de las huestes del partido de Estado con el referido sujeto. ¿Ya no es tan grata persona?
De cualquier manera no han exhibido demasiada coherencia quienes llevan las riendas de la cosa pública en este país. Para empezar, han desestimado la acusación en contra de Rocha Moya que hizo la Fiscalía Federal del Distrito Sur de Nueva York alegando que “no hay pruebas” y que se trata de mera politiquería. Muy bien, pero entonces ¿por qué fue que el gobernador pidió licencia y dejó de ejercer temporalmente el cargo? Tan sencillo como seguir apoltronado despreocupadamente en la silla del Ejecutivo estatal, ¿no?
Y luego de que el hombre hiciera precisamente eso, volver a su puesto, lo condenan y lo repudian, qué caray.
¿Sería entonces el primerísimo culpable histórico de doña 4T? Ustedes dirán…