Las redes sociales le abren la puerta a cualquiera que tenga apenas un teléfono móvil no enteramente rudimentario. Una vez ahí, armado de una pantalla y habiendo encontrado un sitio, publicará lo que le venga en gana: comentarios y opiniones bien sustentadas o, por el contrario, injurias y estupideces, amparado en todo momento en el anonimato, es decir, disfrutando la muy cómoda circunstancia de no encontrarse frente a aquellos a quienes insultó o cuyos puntos de vista rebatió sin otro argumento que la ordinariez.
A los necios de la tertulia o a los brutos que sueltan sandeces en la barra de la cantina se les puede ignorar o aparecerse el matoncito de la reunión para callarlos y hasta ahí llegó la cosa. No ocurre así con quienes escriben mensajes en ‘X’ o se solazan garrapateando parrafadas con calamitosa ortografía en Facebook: disponen de una tribuna y su público es más numeroso.
Que tengan voz —aunque no voto (en el mejor de los casos)— pudiere ser un reflejo de lo democráticas y abiertas que se han vuelto nuestras sociedades: finalmente, todos se expresan y todos hablan. El tema es que el impertinente que fastidiaba a sus contertulios en un bar era perfectamente inofensivo en tanto que sus habladurías no traspasaban los muros del local y que eran descartadas sin mayores miramientos por haber acreditado los demás sus pocas luces o por saberlo cargante de origen.
No es el caso del difamador, el ignorante o el impostor que habita las redes: cuando alguien publica que las vacunas son dañinas –que causan autismo, daño cerebral, narcolepsia, que sobrecargan o debilitan el sistema inmunitario, entre otros males— lo que está haciendo es poner en riesgo la salud de la población; sostener que la Tierra es plana no lleva a que se desplomen las bolsas de valores o que se deprecien divisas pero la propalación de patrañas no es algo que ayude a mejorar nuestra visión del mundo; y, bueno, están todas las informaciones falsas, mentiras del tamaño de una casa fabricadas aviesamente por sujetos con muy oscuros designios.
La verdad nunca ha sido un asunto de opiniones y tampoco hay “otros datos” que aquellos estrictamente comprobables. Pero…