La economía no perdona. Miren, para mayores señas, la catastrófica situación en la que se encuentran Cuba y Venezuela, baluartes del colectivismo. Y adviertan, al mismo tiempo, la prodigiosa transformación social de China, una nación que adoptó los usos capitalistas —la generación de riqueza a cargo del sector privado y la competencia abierta entre los diferentes actores económicos— subsidiado todo ello por un papá Estado que en vez de decomisar propiedades y fortunas ajenas para repartirlas dadivosamente a los pobres se dedicó a alentar y apoyar a los individuos más emprendedores.
En esa cruzada para crear empresas y consolidar un modelo de libre mercado, el régimen chino sacó de la pobreza a 800 millones de personas, un logro absolutamente descomunal y sin paralelo en la historia de la humanidad.
El gobierno de la República Popular de China ejerce un férreo control sobre sus ciudadanos y, en este sentido, se hermana con los comunistas cubanos y con sus imitadores, los adalides del socialismo del siglo XXI bolivariano (éstos, por cierto, no consumaron su propósito de instaurar un sistema totalitario en la sufrida Venezuela y menos lo lograrán ahora, siendo que a Nicolás Maduro, el supremo caudillo, lo “extrajeron” de su guarida para llevarlo, con todo y su maligna mujer, a una prisión de Brooklyn).
La afinidad en los modos de ejercer el poder explica muy seguramente el apoyo de los chinos a Cuba y, de pasada, a lo que queda del aparato chavista-madurista. Es un asunto puramente geopolítico, desde luego, una jugada en el tablero de ajedrez para marcar posiciones en este subcontinente, un territorio donde Estados Unidos no quiere que nadie más meta las manos.
En fin, llama la atención que China no intentara convencer a la jerarquía castrista de adoptar su receta capitalista para el éxito y que no participara mucho más activamente para apuntalar a la dictadura cubana. En África, los chinos han desembarcado a lo grande y financian colosales proyectos de infraestructura por todos lados.
Doña 4T, aquí, se encuentra entre la espada y la pared. Comulga sentimentalmente con el autoritarismo del bloque socialista y, a la vez, necesita desesperadamente los dineros que crecen en el árbol del capitalismo. Ha elegido, sin embargo, el peor de los mundos. No somos China y, al final del camino, la economía nos cobrará la factura.