Ofuscados por las ofensas, no por las mentiras

Ciudad de México /

La diferencia entre una ofensa y un delito se reduce a una simple cuestión: la magnitud de las consecuencias soportadas por el perjudicado y, consiguientemente, la opción que tiene el destinatario de una mera ofensa a desestimar la injuria o, inclusive, a no darse siquiera por enterado, a diferencia de la víctima de una fechoría, afectada de manera mucho más directa.

Estamos viviendo unos tiempos, sin embargo, en los que se está imponiendo una suerte de censura inquisitorial a quienes ofenden siendo, al mismo tiempo, que las llamadas redes sociales están plagadas de insultos, zafiedades y destemplanzas. Es cierto que los chistes racistas exhiben una grosera insensibilidad, más allá del mal gusto. Pero el asunto es que la dictadura de la corrección política no sólo se empeña en censurar bajezas sino que arremete ya contra todo lo que encuentra en su camino, o casi: los espacios para el humor disminuyen, la crítica sólo puede ejercerse cuando hay un consenso general de lo que debe ser criticado, el lenguaje es cada vez más restringido y, como ya prácticamente no queda nada que no termine siendo ofensivo para alguien, entonces ha proliferado una nueva subespecie en nuestra sociedad, la de los agraviados que, a su vez, se han trasmutado en feroces comisarios. Son, en el fondo, gente vengativa y llena de resentimiento, pero el pretexto de una buena causa –los derechos de las minorías, el feminismo, la justicia social, la defensa de los animales, etcétera— les sirve, a estas personas, para ejercitar abiertamente su mezquindad, con buena conciencia y, encima, con jactancias de justicieras.

Lo paradójico, como decíamos, es que esta embestida global acontece justamente cuando se acrecienta, a su vez, el deterioro de la verdad como un valor en la vida pública. La racionalidad misma parece no servir ya para determinar hechos, para juzgar el impacto de los acontecimientos o para responder, en lo personal, a cuestiones tan sencillas como los programas de vacunación o las instrucciones para no contagiarse del SARS-CoV-2.

La existencia misma del virus es cuestionada, hay quien dice que es una mera gripe, otros sujetos se niegan a portar una máscara aduciendo que no sirve para nada, un cantante tan famoso como supersticioso (y, con perdón, afectado, esperemos que temporalmente, de otro virus, muy maligno también, el de la imbecilidad) soltó el disparate de que el propósito de vacunar a la población mundial era implantarle “microchips o nanobots con el solo fin de controlarla” y, en el terreno de la política, el anterior presidente de los Estados Unidos, una nación con una ejemplar tradición democrática, propaló arteramente la especie de que se perpetró un fraude en las elecciones que perdió.

Todo esto, ¿no ofende? Ah y, miren, puede hasta resultar que es delictivo...

Román Revueltas Retes

revueltas@mac.com


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite