Los niños son lo más sagrado de cualquier nación. En su momento, serán los constructores del futuro pero en su temporal condición de infantes sobrellevan, más allá de los cuidados que merecen y que pudieren serles dispensados, un consustancial estado de indefensión. Justamente por eso es que las sociedades modernas han edificado una estructura entera de garantías y disposiciones para preservarlos, cada vez más, de los maltratos que les han sido ancestralmente infligidos. Para mayores señas, la Revolución Industrial británica se sustentó en parte gracias al trabajo infantil en las minas de carbón y las fábricas: los pequeños llegaban a trabajar hasta 14 horas diarias y sus salarios eran una mínima fracción de los que devengaban los adultos. Cientos de miles de niños sufrieron problemas pulmonares, amputaciones, sordera y accidentes mortales hasta que se decretó, en 1833 en el Reino Unido, una Ley de Fábricas que prohibía el trabajo de menores de 9 años en la industria textil, posteriormente una Ley de Minas, en 1842, que no permitía ya la actividad subterránea de menores de 10 años (no demasiado misericordiosas, hay que decirlo, estas ordenanzas) y posteriores regulaciones para reducir las horas de trabajo.
Hoy día, el mundo se ha humanizado, a pesar de todos los pesares, y el proceso civilizatorio asegura derechos y bienestares crecientes a los ciudadanos, por más que el descontento sea también uno de los elementos marcantes de la época y que los excesos de la corrección política, de la subcultura woke y del activismo de ciertas minorías estén llevando a la instauración de un asfixiante orden dictado por los flamantes inquisidores.
En fin, en lo que toca a la formación de las nuevas generaciones, la suprema apuesta de los países de vanguardia es la educación y, en este sentido, los niños son debidamente atendidos en centros escolares de excelencia donde pueden desarrollar plenamente sus potencialidades.
En México, por desgracia, vamos en la dirección opuesta: los sucesivos gobiernos se han desentendido criminalmente de la suerte de millones de infantes, dejándolos en manos del más nefario corporativismo y atendiendo, por encima de las imperiosas necesidades de los pequeños, las sempiternas e inagotables demandas de los grupos de interés.
En la capital de todos los mexicanos, la CNTE, una organización magisterial, perpetra actos vandálicos, bloquea calles, ocupa espacios públicos y ha llegado a amenazar con sabotear el mismísimo Mundial.
Ahí –en las algaradas, el acaecimiento de destrozos y las pérdidas económicas—, parecen centrarse las condenas a estos “maestros”. Pues bien, ocurre, miren ustedes, que los niños de regiones enteras de México han sido los primerísimos damnificados: se han quedado en el abandono, sin clases, sin instrucción. Y, por si fuera poco, son los infantes más pobres del país. Es una auténtica vergüenza nacional que nos acomodemos a tan descomunal canallada, señoras y señores.