¿Proteger al pueblo? Pero, ¿no son un peligro el Che y Fidel?

Ciudad de México /
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Quienes escriben artículos de opinión en la prensa no son sujetos químicamente puros sino personas con intereses, propensiones, tendencias y gustos enteramente particulares.

En las páginas de este mismo diario podemos advertir toda suerte de posturas según la pluma que las expone y los lectores pueden así frecuentar ciertos textos o desentenderse de plano de los que no son de su parecer.

Leemos columnas, las más de las veces, para encontrar un eco a nuestras propias apreciaciones de las cosas e, inclusive, para comulgar entusiastamente con el articulista.

Desde luego que al aventurarnos voluntariamente en un texto podemos también descubrir nuevas verdades y sorprendentes revelaciones sobre asuntos de la vida pública, más allá de disfrutar igualmente de la inteligencia ajena, de la sapiencia de ciertos analistas o de la simple excelencia de la escritura.

Nadie está obligado a leer lo que no le gusta y, en este sentido, no termina de entenderse la ferocidad de esos lectores que, luego de toparse con opiniones que no comparten, claman que al autor no debieran serles publicados sus artículos, aderezada la exigencia de ofensas.

Los propios periódicos se orientan hacia distintas tendencias, más allá de que muchos de ellos le abran las puertas a la pluralidad y que dirijan sus baterías informativas hacia todos los horizontes.

Advirtamos, sin embargo, que hay un diario que sigue esmeradamente la pauta dictada por el oficialismo y que, miren ustedes, no le da espacio alguno a las voces críticas. En los regímenes totalitarios, todos los medios son así, meros portavoces de la verdad impuesta por el poder.

En nuestro país tenemos, por fortuna, una prensa que cuestiona abiertamente los quehaceres de los gobernantes y, por lo tanto, que los exaspera grandemente. El tema es qué tanto están ellos dispuestos a apechugar asumiendo que lo de ser criticados, fiscalizados y censurados es parte del precio a pagar cuando se disfrutan, por otro lado, las mieles del poder.

Al denostado Felipe Calderón le fue colgado el infundio de que era un alcohólico y el hombre siguió en lo suyo siendo que la calumnia es una práctica muy oscura. Tan ruin y tan tenebrosa, justamente, que los adalides de la 4T —con la piel mucho más delgada, pero sobre todo, con el propósito de que ya nadie impugne ni objete sus cometidos— acusan, a sus adversarios políticos y a todo aquel que pueda meter las narices en sus trapacerías y corruptelas, de ser unos embusteros y, a partir de ahí, pretenden fiscalizar lo que difunden los medios de prensa.

Pretextan que el pueblo debe ser “protegido” de las informaciones falsas siendo que en la primerísima tribuna de la nación circulan las mentiras a todo vapor y para consumo, ahí sí, de ese pueblo que tanto amparo y resguardo necesita.

Y, pues sí, por algo esculpen otra vez las estatuas del Che y de Fidel, supremos censores de la libertad de expresión, aparte de siniestros asesinos...


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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