Así de infamante como puede ser que milites en las filas de la “derecha”, que seas “comunista” también le mete mucho ruido a mucha gente.
La llamada Guerra Fría iba de eso y no otra cosa. Es más, el mismísimo papa Juan Pablo II, idolatrado por tantos y tantos mexicanos, dedicó buena parte de sus empeños, de la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, a combatir el mentado socialismo real.
Hubiéramos pensado, al derrumbarse la Unión Soviética y caer el muro que separaba a los alemanes en Berlín, por no hablar de la simultánea liberación de los satélites del imperialismo ruso, que el debate quedaba zanjado y que la democracia liberal sería el modelo adoptado universalmente para gestionar la cosa pública.
Pues no, miren ustedes: el canto de sirenas del colectivismo expropiatorio anticapitalista, entonado por sujetos de la calaña de Hugo Chávez y sus pares latinoamericanos, embelesó tanto a las masas que llevó a la instauración pura y simple de regímenes totalitarios en Venezuela y Nicaragua, salvándose otras naciones de nuestro subcontinente gracias a que los mandamases izquierdosos de turno —la pareja Kirchner en la Argentina, Evo Morales en la sufrida Bolivia y el tal Correa en Ecuador— no lograron desmantelar a sus anchas el aparato republicano del Estado, o sea, que no desmontaron los organismos electorales ni arremetieron contra los jueces, benditos sean los señores magistrados, que custodiaban el obligatorio respeto a las normas inscritas en los respectivos textos constitucionales.
Justamente, lo más inquietante y perturbador del reinado del régimen de la 4T en México es que sus adalides han logrado, por el contrario, demoler el entramado institucional que nos garantizaba, a los ciudadanos de este país, el acceso a la información sobre los procederes gubernamentales, la facultad de ampararnos ante los excesos del poder y, sobre todo, la certeza de que las elecciones, supervisadas por un organismo independiente y no por un ente al servicio del oficialismo, serían enteramente justas y confiables.
Y sí, nos gobiernan comunistas de clóset (por lo pronto, en espera de salir pisando todavía más fuerte), simpatizantes de la dictadura cubana, bien calladitos ante la inaudita cancelación de las elecciones en Nicaragua y, faltaría más, dispuestos a adornar nuestras calles con estatuas del Che Guevara y del nefario Fidel. Ustedes dirán…